Dormíamos en la misma cama, pero hacía meses que habíamos dejado de tocarnos


La última vez que Andrés tocó a Elena, ninguno de los dos sabía que sería la última.
No hubo una pelea.
No hubo una infidelidad.
No hubo una puerta cerrándose.
Simplemente una noche dejaron de buscarse.
Y después otra.
Y después otra.
Y así continuaron
Hasta que un día Elena descubrió que llevaba siete meses durmiendo junto al hombre que
amaba… y sintiéndose completamente sola.
Lo extraño era que, desde afuera, nadie habría sospechado nada.
Andrés y Elena seguían siendo esa pareja que llegaba junta a los cumpleaños.
Él le servía la bebida.
Ella le acomodaba distraídamente el cuello de la camisa.
Se reían de las mismas anécdotas.
Compartían con amigos.
En las fotografías todavía se abrazaban.
—Ustedes sí que saben mantener un matrimonio —les dijo una amiga durante una cena.
Elena sonrió.
Andrés también.
Y debajo de la mesa, ninguno tocó al otro, ni siquiera se miraron.

La cama donde empezó el silencio
Aquella noche llegaron a casa cerca de la medianoche.
Elena se quitó los aretes frente al espejo mientras Andrés revisaba el teléfono.
—¿La pasaste bien? —preguntó él.
—Sí.
—Yo también.
Nada más.
Andrés se acostó mirando hacia la pared.
Elena apagó la lámpara.
Durante unos segundos observó su espalda.
Estaba tan cerca que podía haber extendido la mano y tocarlo.
No lo hizo.
Y entonces pensó algo que la asustó:
“Ya ni siquiera sé cómo acercarme a mi propio marido.”
No recordaba exactamente cuándo habían dejado de hacer el amor.
Al principio habían sido unos días.
Después unas semanas.
El trabajo.
El cansancio.
Las cuentas.
La rutina.
Una discusión pendiente.
Un “hoy no” que parecía insignificante.

Otro “estoy cansada”.
Otro “mañana”.
Y así el tiempo paso.
Hasta que el mañana se convirtió en meses.
Lo que Elena no sabía era que, del otro lado de la cama, Andrés estaba despierto.
Y estaba pensando exactamente lo contrario:
“Ella ya no me desea.”
Lo que ninguno decía
Durante mucho tiempo Elena creyó que Andrés había dejado de buscarla porque ya no le
atraía.
Se miraba frente al espejo buscando respuestas.
El abdomen.
Las piernas.
Las pequeñas líneas alrededor de sus ojos.
Se preguntaba si había cambiado demasiado.
Si él comparaba su cuerpo con otros.
Si había otra mujer.
Una tarde hizo algo que jamás pensó hacer.
Revisó su teléfono.
Nada.
Ni mensajes sospechosos.
Ni conversaciones ocultas.
Ni una amante esperando al otro lado de la pantalla.
Eso debería haberla tranquilizado.

Pero ocurrió lo contrario.
Porque entonces apareció una pregunta todavía más dolorosa:
Si no existe otra mujer, ¿por qué no me quiere a mí?
Andrés tampoco estaba bien.
Cada rechazo que había recibido meses atrás se le había ido quedando dentro.
Elena nunca había querido herirlo.
Muchas veces realmente estaba cansada.
O preocupada.
O simplemente no tenía ganas en ese momento.
Pero Andrés comenzó a interpretar aquellos “hoy no” como:
Ya no me gustas.
Así que dejó de intentarlo.
No porque hubiera dejado de desearla.
Sino porque dejó de querer sentirse rechazado.
Y Elena interpretó su retirada como falta de deseo.
Dos personas enamoradas.
Dos interpretaciones equivocadas.
Y una cama enorme en medio de los dos.
Una noche todo cambió
Fue un jueves.
No ocurrió nada extraordinario.
Andrés estaba sentado en el borde de la cama poniéndose las medias cuando Elena
preguntó:
—¿Todavía te gusto?

Él levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Quiero que me respondas.
—Claro que me gustas.
Elena tragó saliva.
—Entonces, ¿por qué ya no me tocas?
Silencio.
Andrés bajó la mirada.
—Porque pensé que no querías que lo hiciera.
Aquella respuesta la desarmó.
—¿Y cómo llegaste a pensar eso?
Andrés soltó una pequeña risa, pero no era de felicidad.
—Porque durante meses cada vez que intentaba acercarme estabas cansada, tenías sueño, te
dolía algo o tenías que levantarte temprano.
Elena sintió que algo se le cerraba en la garganta.
—Yo no sabía que te sentías así.
—Nunca preguntaste.
—Tú tampoco me preguntaste por qué no tenía ganas.
Se quedaron mirándose.
Por primera vez en mucho tiempo estaban hablando del verdadero problema.
No de las cuentas.
No de quién olvidó comprar algo.
No del trabajo.
No de la familia.

De ellos.
“Pensé que ya no me deseabas”
Elena comenzó a llorar.
No fue un llanto escandaloso.
Las lágrimas simplemente empezaron a caer.
—Yo pensé que ya no me deseabas.
Andrés se acercó.
—Elena…
—Me miraba desnuda y trataba de descubrir qué había cambiado.
Él quedó inmóvil.
—¿De verdad pensabas eso?
—Sí.
Andrés respiró profundamente.
Y entonces confesó algo que nunca había dicho.
—Yo dejé de buscarte porque cada vez que me decías que no… sentía que había algo malo
conmigo.
Aquella noche no tuvieron sexo.
Y eso es importante.
Porque a veces creemos que una conversación sobre la falta de intimidad tiene que terminar
obligatoriamente entre las sábanas.
No.
Aquella noche hicieron algo que necesitaban mucho más.
Hablaron.
Elena le contó que llevaba meses sintiéndose agotada.

Que durante el día resolvía problemas, trabajaba, organizaba cosas y llegaba a la noche con
la cabeza todavía funcionando a toda velocidad.
Que acostarse no significaba automáticamente que su cuerpo estuviera preparado para
desear.
Andrés le contó que había comenzado a sentirse invisible.
Que extrañaba que ella lo buscara.
Que no extrañaba únicamente el sexo.
Extrañaba sentirse elegido.
Deseado.
Importante para ella.
Entonces Elena dijo una frase que Andrés nunca olvidaría:
—Yo pensaba que tú querías sexo.
Él la miró.
—Yo quería sentir que todavía me querías a mí.
El deseo no siempre desaparece de golpe
Hay parejas que creen que su relación se terminó porque ya no sienten aquella intensidad
de los primeros meses.
Pero el deseo no vive aislado del resto de la vida.
Convive con el cansancio, las preocupaciones, la autoestima, las discusiones no resueltas,
los cambios personales, la monotonía, las responsabilidades y la manera en que dos
personas se relacionan fuera del dormitorio.
Y existe otra dificultad:
nos enseñaron a tener sexo, pero muy pocas veces nos enseñaron a hablar de sexo.
Podemos compartir una cama durante años y aun así sentir vergüenza de decir:
Esto me gusta.
Esto ya no me gusta.

Necesito más cariño.
Quiero sentirme deseada.
Últimamente no tengo ganas y no sé por qué.
Me dolió sentirme rechazado.
Quiero volver a encontrarnos.
Entonces callamos.
Y el silencio comienza a escribir una historia por nosotros.
Elena interpretó el silencio de Andrés.
Andrés interpretó los rechazos de Elena.
Ninguno verificó si aquello que imaginaba era verdad.
Y casi pierden algo que ambos todavía querían conservar.
Volver a tocarse
No recuperaron siete meses de distancia en una noche.
Eso solamente ocurre en las películas.
Ellos tuvieron que conocerse otra vez.
Empezaron por algo aparentemente insignificante.
Andrés volvió a besarla antes de salir de casa.
Pero besarla de verdad.
No aquel beso automático que se da mientras uno busca las llaves.
Elena comenzó a acercarse a él sin que cada contacto tuviera que terminar necesariamente
en sexo.
Volvieron a abrazarse en la cocina.
A sentarse juntos.
A acariciarse.

A hablar de lo que les gustaba.
Y también de lo que había cambiado.
Porque después de muchos años juntos, pretender que nuestros deseos siguen exactamente
iguales puede convertirse en otra forma de no conocernos.
Una noche, varias semanas después de aquella conversación, Elena estaba leyendo.
Andrés se acostó junto a ella.
No dijo nada.
Ella dejó el libro sobre la mesa.
Lo miró.
Y fue ella quien se acercó primero.
Andrés sonrió.
—¿Segura?
Elena también sonrió.
—Esta vez sí.
No hicieron el amor como cuando tenían veinticinco años.
Lo hicieron como dos personas que acababan de comprender algo mucho más importante:
la intimidad no consistía en regresar a quienes habían sido.
Consistía en descubrir quiénes eran ahora.
Hay matrimonios que no necesitan separarse. Necesitan volver a hablar.
Si estás leyendo esta historia acostada o acostado junto a alguien que alguna vez te hizo
temblar con una mirada y hoy parece estar a kilómetros de distancia, no saques
conclusiones demasiado rápido.
La ausencia de sexo puede tener muchas causas y no existe una explicación universal.
Tampoco significa automáticamente que haya dejado de existir amor, deseo o atracción.
Pero tampoco conviene fingir que no pasa nada.

Porque lo que no se conversa empieza a llenarse de interpretaciones con cosas que no
pasaron.
Y algunas interpretaciones terminan convirtiéndose en resentimiento.
Hablar de sexualidad con la pareja no debería comenzar con una acusación:
“Tú nunca…”
“Tú ya no…”
“Seguro tienes a alguien…”
Puede comenzar de una manera mucho más vulnerable:
“Te extraño.”
“Siento que nos hemos alejado.”
“Quiero saber cómo te estás sintiendo.”
“Quisiera que recuperemos nuestra intimidad, pero sin presionarnos.”
Y después viene lo más difícil:
escuchar la respuesta.
Sin defenderse inmediatamente.
Sin ridiculizar.
Sin exigir.
Sin convertir el deseo en una obligación.
Porque nadie debería tener relaciones sexuales para evitar una discusión, demostrar amor o
cumplir una cuota.
El consentimiento sigue siendo necesario dentro de una relación estable.
Y si la falta de deseo es persistente, provoca sufrimiento, existe dolor durante las
relaciones, aparecen cambios físicos importantes o la pareja no consigue abordar sola lo
que ocurre, buscar orientación profesional puede ser una buena decisión.
No para determinar quién tiene la culpa.

Sino para comprender qué está pasando.
Siete meses después
Una mañana Elena estaba preparando café cuando Andrés apareció detrás de ella y la
abrazó por la cintura.
—¿Qué haces? —preguntó ella riéndose.
—Nada.
—Entonces suéltame.
—No quiero.
Elena apoyó la cabeza contra su pecho.
Era un gesto pequeño.
Probablemente nadie habría escrito una película sobre aquel abrazo.
Pero ella cerró los ojos.
Porque recordó aquellas noches en las que había tenido a ese mismo hombre a veinte
centímetros de distancia y había sentido que no podía alcanzarlo.
Ahora comprendía algo.
Ellos nunca habían dejado de dormir juntos.
Habían dejado de encontrarse.
Y existe una diferencia enorme.
Antes de salir de la cocina, Andrés la besó.
Elena volvió a tomar su taza.
—Andrés.
—¿Sí?
—Esta noche no te duermas temprano.
Él sonrió.

—¿Por qué?
Elena bebió un sorbo de café y respondió:
—Porque tenemos mucho de qué hablar.
Y por primera vez en mucho tiempo…
ambos entendieron perfectamente lo que quería decir.

AL DESNUDO
Quizá el problema no sea que el amor terminó.
Quizá llevan demasiado tiempo esperando que el otro adivine lo que ninguno se atreve a
decir.
¿Cuánto tiempo puede sobrevivir una relación cuando dos personas se aman… pero
han dejado de sentirse deseadas?
No respondas por tu pareja.
Respóndete a ti.
Porque algunas relaciones terminan por una traición.
Otras por una gran pelea.
Y otras empiezan a morir de una forma mucho más silenciosa:
cuando dejamos de tocarnos y fingimos que no nos importa.
— Dalinda al Desnudo ��
Historias sobre aquello que muchos viven y pocos se atreven a decir.

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