Mariana no descubrió una infidelidad.
Ojalá hubiera sido eso, pensó alguna vez.
Porque habría tenido a quién culpar.
Pero no había mensajes escondidos, perfumes desconocidos ni llamadas a medianoche.
Había algo mucho más difícil de explicar:
su marido seguía amándola… pero ella ya no se sentía deseada por él.
Y durante meses guardó una pregunta que le daba vergüenza pronunciar.
Hasta aquella noche.
—Sebastián… ¿todavía me deseas?
Él dejó el teléfono sobre la cama.
La miró.
Y tardó demasiado en responder.
Antes bastaba una mirada
Mariana recordaba perfectamente cómo había comenzado todo.
Cuando eran novios, Sebastián encontraba cualquier excusa para acercarse.
Una mano en su cintura.
Un beso robado en la cocina.
Una mirada que ella reconocía inmediatamente.
No necesitaban decir demasiado.
Se deseaban.
Y Mariana se sentía hermosa cuando él la miraba.
Pasaron los años.
Llegaron las responsabilidades.
Las cuentas.
Los horarios.
Los problemas familiares.
El cansancio.
Las conversaciones empezaron a parecerse demasiado:
—¿Pagaste el recibo?
—Sí.
—¿Qué vamos a comer?
—No sé.
—Mañana tengo que salir temprano.
—Está bien.
Seguían funcionando perfectamente como equipo.
Pero Mariana comenzó a preguntarse cuándo habían dejado de funcionar como amantes.
El espejo
Al principio no culpó a Sebastián.
Se culpó a ella.
Comenzó a mirarse con otros ojos.
Se probaba un vestido y pensaba:
Antes me quedaba mejor.
Se observaba desnuda frente al espejo buscando aquello que supuestamente había
provocado que él dejara de mirarla como antes.
Un día compró ropa nueva.
Otro día cambió su cabello.
Después empezó a hacer ejercicio con una disciplina que no nacía del bienestar, sino del
miedo.
Sebastián notó los cambios.
—Te ves linda.
Linda.
Mariana sonrió.
Pero por dentro pensó:
“No quiero que me digas que estoy linda. Quiero sentir que todavía me deseas.”
Y nunca se lo dijo.
Hasta aquella noche
Habían salido a cenar.
En la mesa de al lado había una pareja que no podía dejar de tocarse.
Nada exagerado.
Él le acariciaba la mano.
Ella se acercaba para decirle algo al oído.
Se reían.
Mariana los observó unos segundos.
Después miró a Sebastián.
Él estaba leyendo algo en su teléfono.
Sintió una tristeza absurda.
No quería al hombre de la mesa de al lado.
Quería volver a sentir eso con el suyo.
Cuando llegaron a casa se cambiaron para dormir.
Sebastián se metió en la cama.
Mariana permaneció de pie frente al espejo.
Entonces preguntó:
—¿Todavía me deseas?
Sebastián levantó la mirada.
—¿De dónde sale eso?
—Respóndeme.
—Claro que sí.
Mariana se giró.
—Entonces, ¿por qué nunca me lo haces sentir?
Y esa vez Sebastián no respondió inmediatamente.
Lo que realmente estaba pasando
Sebastián no había dejado de desearla.
Pero había cometido un error que ocurre en muchas relaciones largas:
había empezado a dar por sentado que Mariana sabía que la quería.
Que sabía que le parecía atractiva.
Que sabía que seguía deseándola.
Pero Mariana no podía vivir eternamente de algo que había sentido años atrás.
Necesitaba sentirlo ahora.
—Pensé que sabías que me gustabas —dijo él.
—Saberlo no es lo mismo que sentirlo.
Sebastián guardó silencio.
Entonces Mariana pronunció algo todavía más difícil:
—Hace meses que no me siento mujer cuando estoy contigo. Me siento tu compañera, tu
amiga, la persona con la que organizas tu vida… pero no tu mujer.
Él la miró sorprendido.
—Nunca imaginé que te sintieras así.
—Porque nunca te lo dije.
Aquella frase cambió la conversación.
Pero Sebastián también tenía algo que decir
—¿Quieres saber por qué yo también dejé de acercarme?
Mariana asintió.
—Porque siento que últimamente todo lo hago mal contigo.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Que si intento acercarme cuando estás cansada, te molesto. Si intento besarte mientras
estás haciendo algo, tienes prisa. Y llegó un momento en que pensé que era mejor esperar a
que tú te acercaras.
Mariana quedó en silencio.
—Pero yo estaba esperando exactamente lo mismo de ti.
Sebastián sonrió con tristeza.
Ahí estaba el absurdo.
Dos personas esperando ser buscadas.
Dos personas queriendo sentirse deseadas.
Dos personas interpretando el silencio del otro como desinterés.
Dos personas aplastadas por la monotonía.
El deseo también necesita sentirse seguro
El deseo dentro de una relación no funciona como un interruptor que permanece encendido
simplemente porque existe amor.
Puede cambiar.
Puede disminuir.
Puede transformarse con el estrés, el cansancio, los conflictos, la rutina, la autoestima, los
cambios físicos y emocionales.
Y hay algo más:
hay personas cuyo deseo aparece espontáneamente.
Pero en otras surge después de sentirse emocionalmente conectadas, relajadas, acariciadas o
estimuladas.
Por eso una pareja puede quererse profundamente y atravesar momentos en los que sus
ritmos sexuales ya no coinciden.
El problema comienza cuando, en lugar de hablarlo, cada uno inventa una explicación que
termina existiendo solo en la imaginación.
Ya no le gusto.
Seguro hay alguien más.
Ya no me ama.
Siempre me rechaza.
Mejor no intento nada.
Y esas pequeñas conclusiones pueden construir una enorme distancia.
Mariana dejó de competir con su versión de hace diez años
Durante aquella conversación Sebastián le hizo una pregunta:
—¿Por qué últimamente te preocupas tanto por tu cuerpo?
Mariana bajó la mirada.
—Porque pensé que, si volvía a verme como antes, tú volverías a mirarme como antes.
Sebastián se acercó.
—Pero yo tampoco soy el mismo hombre de antes.
Mariana levantó los ojos.
Era cierto.
Ninguno lo era.
Entonces entendió algo que llevaba meses sin comprender:
no necesitaba recuperar a la mujer que Sebastián había deseado diez años atrás.
Necesitaban descubrir cómo deseaban a las personas en las que ambos se habían
convertido.
De hecho, no solucionaron todo, aquella noche.
Y quizá eso fue lo mejor.
No hubo una reconciliación perfecta.
No prometieron tener relaciones determinadas veces por semana.
No hicieron del sexo una obligación.
Comenzaron por algo más sencillo.
Volvieron a coquetear.
A enviarse mensajes que no tuvieran que ver con compras ni responsabilidades.
A abrazarse sin prisa.
A besarse sin asumir que cada beso tenía que terminar necesariamente en sexo.
Y, sobre todo, empezaron a preguntar.
—¿Qué necesitas?
—¿Qué extrañas?
—¿Qué te gusta ahora?
—¿Qué ha cambiado?
Porque las personas cambian.
Y quizá uno de los errores más frecuentes de las relaciones largas sea creer que conocemos
para siempre a la persona que tenemos al lado.
Un viernes cualquiera
Meses después Mariana estaba arreglándose frente al espejo.
Sebastián pasó detrás de ella.
Se detuvo.
Retrocedió.
Y volvió a mirarla.
Mariana lo vio a través del espejo.
—¿Qué?
Él sonrió.
—Nada.
—Sebastián…
Se acercó y le dijo algo al oído.
Mariana soltó una carcajada.
—¡Estamos atrasados!
—Lo sé.
—Entonces vámonos.
Él caminó hacia la puerta.
Mariana se quedó unos segundos frente al espejo.
Pero esta vez no buscó defectos.
Sonrió.
No porque necesitara la aprobación de Sebastián para sentirse hermosa.
Sino porque finalmente había entendido algo:
sentirse deseada por la pareja y sentirse valiosa como mujer son dos cosas diferentes.
Una relación puede alimentar la primera.
Pero jamás debería ser la única fuente de la segunda.
AL DESNUDO
Hay preguntas que evitamos porque tenemos miedo de escuchar la respuesta.
“¿Todavía me amas?”
“¿Todavía te atraigo?”
“¿Por qué ya no me buscas?”
“¿Qué pasó con nosotros?”
Pero a veces la pregunta que puede incomodarnos durante cinco minutos evita un silencio
de cinco años.
Si estás esperando que tu pareja adivine que necesitas sentirte deseada o deseado, quizá esa
persona no lo sepa.
Y si has dejado de acercarte porque interpretaste una distancia como rechazo, quizá
tampoco conoces toda la historia.
No conviertas tus suposiciones en verdades sin antes conversar y saber la verdad.
Porque algunas parejas no dejaron de desearse.
Simplemente dejaron de demostrárselo.
— Dalinda al Desnudo ��
Historias sobre aquello que muchos viven y pocos se atreven a decir.
