La primera vez que Martín se miró desnudo frente al espejo buscando qué tenía de
malo, sintió vergüenza de sí mismo.
Tenía 43 años.
Dieciséis de matrimonio.
Dos hijos.
Una esposa a la que todavía deseaba.
Y hacía casi cinco meses que ella no lo buscaba.
No se lo había contado a nadie.
Porque los hombres no hablan de esas cosas, que vergüenza.
O al menos eso pensaba él.
Entre amigos podían bromear sobre sexo.
Podían presumir.
Exagerar.
Reírse.
Pero Martín jamás habría podido sentarse frente a ellos y decir:
—Mi esposa ya no me toca y estoy empezando a pensar que dejó de desearme.
Así que hizo lo que muchas personas hacen cuando no tienen respuestas.
Empezó a inventarlas a su manera.
Y todas lo culpaban a él.
Todo comenzó con pequeños rechazos
—Estoy cansada.
—Mañana tengo que levantarme temprano.
—Me duele la cabeza.
—Hoy no, amor.
Al principio Martín no le dio importancia.
Daniela trabajaba mucho.
La casa.
Los hijos.
Los problemas.
Él lo entendía.
Pero una semana se convirtió en dos.
Después en un mes.
Y lentamente dejó de preguntar.
No porque hubiera dejado de tener ganas.
Sino porque cada rechazo empezaba a dolerle un poco más que el anterior.
Entonces apareció algo que Daniela nunca supo.
Martín comenzó a esperar que ella se durmiera para cambiarse de ropa.
No quería que lo viera desnudo.
El espejo empezó a convertirse en enemigo
Una mañana salió de la ducha.
Se detuvo frente al espejo.
Se miró el abdomen.
Lo apretó.
Había aumentado algunos kilos.
Giró de lado.
Observó su pecho.
Su cabello ya tenía canas.
La cara también había cambiado.
Y pensó:
“Tal vez ya no le gusto.”
Aquella tarde se inscribió en un gimnasio.
Cuando Daniela lo vio preparándose para salir, sonrió.
—¿Y ese milagro?
—Quiero ponerme en forma.
—Qué bien.
Nada más.
Martín esperaba algo diferente.
Te ves bien.
No necesitas cambiar.
Todavía me encantas.
Cualquier cosa.
Pero Daniela volvió a mirar su computadora.
Y él se fue al gimnasio sintiéndose todavía peor.
Tres meses después
Martín había perdido siete kilos.
Compró ropa nueva.
Cambió de perfume.
Incluso empezó a arreglarse más para ir a trabajar.
Sus compañeros lo notaron.
—¡Martín! ¿Qué estás haciendo?
—Te estás poniendo joven.
Él se reía.
Pero había una sola persona cuya mirada estaba esperando.
Daniela.
Una noche salió del baño sin camiseta.
Pasó deliberadamente frente a ella.
Daniela estaba viendo una serie.
—¿Vas a dormir? —preguntó.
—Sí.
—Apaga la luz cuando vengas.
Eso fue todo.
Martín entró al baño nuevamente.
Cerró la puerta.
Se miró al espejo.
Y por primera vez pensó:
“Entonces no era mi cuerpo.”
La siguiente pregunta fue mucho peor.
“¿Habrá otro hombre?”
Empezó a observarla
Daniela siempre tenía el teléfono cerca.
Eso no era nuevo.
Pero ahora Martín lo notaba.
Si sonreía mirando la pantalla, se preguntaba quién había escrito.
Si llegaba tarde, imaginaba cosas.
Si se arreglaba para trabajar, algo se le revolvía por dentro.
Una noche Daniela dejó el celular cargando.
Martín estaba solo.
Lo miró.
Podía tomarlo.
Conocía la contraseña.
Estiró la mano.
Y se detuvo.
No quería convertirse en aquel hombre.
Pero tampoco quería seguir sintiéndose como se sentía.
Daniela apareció detrás.
—¿Qué haces?
Martín retiró la mano inmediatamente.
—Nada.
Ella miró el teléfono.
Después lo miró a él.
—¿Ibas a revisar mi celular?
—No.
Daniela sostuvo su mirada.
—Martín.
Él respiró profundamente.
—Sí.
La discusión que llevaban meses evitando
—¿Por qué?
—Porque quiero saber si hay alguien.
Daniela abrió los ojos.
—¿Qué?
—Si estás con alguien.
—¿De qué estás hablando?
Martín sintió que toda la vergüenza acumulada durante meses se convertía en rabia.
—¡Hace cinco meses que prácticamente no me tocas!
Daniela quedó inmóvil.
—¿Y por eso crees que te engaño?
—No sé qué pensar.
—Podrías preguntarme.
Martín soltó una carcajada amarga.
—¿Preguntarte qué? ¿Por qué tu esposo dejó de interesarte?
—Yo nunca dije eso.
—¡No necesitas decirlo! Es fácil deducirlo.
Daniela intentó acercarse.
Martín retrocedió.
—Me metí al gimnasio por ti.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué?
—Perdí siete kilos por ti.
—Martín…
—Compré ropa. Cambié el maldito perfume. Me miro todos los días al espejo tratando de
descubrir qué carajo tengo que cambiar para que vuelvas a mirarme.
Daniela dejó de hablar.
Nunca lo había visto así.
Entonces Martín dijo algo que jamás había pronunciado:
—¿Qué tiene de malo mi cuerpo?
Y la expresión de Daniela cambió por completo.
Ella comenzó a llorar
Martín esperaba una explicación.
Una confesión.
Cualquier cosa.
Pero no lágrimas.
—No es tu cuerpo —dijo Daniela.
—Entonces dime qué es.
Ella se sentó en la cama.
—Soy yo.
Martín sintió rabia.
—No me digas esa frase.
—Déjame terminar.
Daniela respiró profundamente.
—Hace meses que no tengo ganas de nada.
—¿De mí?
—De nada, Martín.
Él guardó silencio.
—Llego a casa agotada. No duermo bien. Me siento irritable. Hay días en que ni siquiera
quiero que me abracen.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Daniela levantó los ojos.
—Porque yo tampoco sabía qué me estaba pasando.
Había algo más
Daniela llevaba meses atravesando cambios que no comprendía.
Su sueño era irregular.
Su estado de ánimo había cambiado.
Su cuerpo se sentía diferente.
Había días en los que estaba agotada sin razón aparente.
Y el deseo sexual, que antes aparecía naturalmente, parecía haberse apagado.
Pero no había consultado a nadie.
Había pensado:
Será estrés.
Será la edad.
Ya se me pasará.
Y mientras esperaba que se le pasara, Martín construía una historia completamente
diferente.
Él creía:
“Ya no soy atractivo.”
Ella creía:
“Algo está mal conmigo.”
Y ninguno sabía que el otro llevaba meses sufriendo.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Daniela respondió con otra pregunta.
—¿Y tú por qué no me dijiste que estabas haciendo todo eso para gustarme?
Martín bajó la mirada.
—Porque suena ridículo.
—¿Por qué?
—Porque soy hombre.
Daniela lo miró.
—¿Y?
Martín tardó en responder.
—Se supone que esas cosas no deberían importarme.
Ella se acercó.
—¿Quién te dijo eso?
Martín no supo responder.
Quizá nadie.
Quizá todos.
Los hombres también quieren sentirse deseados
Existe una idea muy instalada de que los hombres siempre quieren sexo.
Que siempre están seguros de sí mismos.
Que un rechazo no les afecta.
Que su autoestima no depende de sentirse atractivos.
Pero detrás de muchos silencios masculinos también existen preguntas.
¿Todavía le gusto?
¿Me compara con alguien?
¿Por qué ya no me busca?
¿Qué cambió en mí?
No todos los hombres lo expresan.
Algunos se vuelven distantes.
Otros irritables.
Otros dejan de intentarlo.
Otros celosos e inseguros.
Algunos buscan validación fuera.
Y otros, como Martín, empiezan una batalla silenciosa contra su propio reflejo.
Pero tampoco todo descenso del deseo significa desamor
El deseo sexual puede cambiar por muchísimas razones.
Estrés.
Problemas en la relación.
Falta de sueño.
Estado emocional.
Cambios hormonales.
Medicamentos.
Dolor.
Problemas de salud.
Rutina.
Imagen corporal.
Etapas vitales.
Y muchas otras.
Por eso convertir automáticamente un cambio en el deseo de nuestra pareja en:
“Ya no me ama”
o
“Seguro existe otra persona”
puede hacernos sufrir por una historia que todavía no sabemos si es cierta.
En el caso de Daniela, aquella conversación terminó llevándola a buscar orientación
profesional para comprender qué estaba ocurriendo con ella.
Pero antes tuvieron que resolver algo que ningún análisis podía solucionar:
aprender a hablar.
Una semana después
Daniela estaba en la cocina.
Martín entró con ropa deportiva.
—Voy al gimnasio.
Ella se giró.
—Ven.
—Voy tarde.
—Martín.
Él se acercó.
Daniela levantó ligeramente su camiseta.
—¿Qué haces?
—Estoy inspeccionando.
Martín se rio.
—¿Inspeccionando qué?
Ella apoyó las manos sobre su cintura.
—Los famosos siete kilos.
—Daniela…
—Para que quede claro: nunca te pedí que los perdieras.
Martín sonrió.
—Ahora me gusta entrenar.
—Entonces hazlo por ti.
Ella lo besó.
Fue un beso corto.
No terminó en sexo.
Ni tenía que hacerlo.
Pero Martín salió de casa diferente.
Porque por primera vez en meses no había sentido que tenía que ganarse el derecho a ser
deseado.
Meses después
Las cosas no volvieron mágicamente a ser como antes.
Daniela tuvo días mejores.
Otros no tanto.
Hubo momentos de deseo.
Otros de distancia.
Pero ahora podían hablar de ellos.
Una noche Daniela dijo:
—Hoy no tengo ganas.
Martín sintió aquella vieja punzada.
Pero esta vez preguntó:
—¿De sexo o de mí?
Daniela sonrió.
Se acercó y apoyó la cabeza sobre su pecho.
—De sexo.
—Ah.
—De ti sí tengo ganas.
Martín se rio.
—Eso no tiene sentido.
—Para mí sí.
Permanecieron abrazados.
Y Martín comprendió algo que habría querido saber cinco meses atrás:
un rechazo sexual no siempre es un rechazo personal.
A veces la persona que amas sigue queriendo estar cerca de ti.
Simplemente su cuerpo no está en el mismo lugar que el tuyo esa noche.
AL DESNUDO
¿Cuántas personas están intentando cambiar su cuerpo porque su pareja dejó de buscarlas?
¿Cuántas están haciendo dietas, entrenando, comprando ropa, comparándose con otras
personas o castigándose frente al espejo…
cuando nunca se atrevieron a hacer la pregunta realmente importante?
“¿Qué está pasando entre nosotros?”
Sentirse deseado importa.
También a los hombres.
Y admitirlo no los hace débiles.
Los hace humanos.
Pero hay otra verdad:
tu valor no puede depender exclusivamente del deseo de otra persona.
Ni siquiera cuando esa persona es quien amas.
Si existe un cambio persistente en el deseo sexual, hablarlo sin acusaciones puede ser el
primer paso. Y cuando hay cambios físicos, emocionales, dolor, malestar o una
disminución del deseo que preocupa, buscar orientación profesional también puede ser
importante.
Martín pasó meses intentando arreglar un cuerpo que nunca había sido el problema.
Daniela pasó meses pensando que tenía que solucionar sola algo que ni siquiera
comprendía.
Los dos dormían juntos.
Los dos tenían miedo.
Y los dos estaban sufriendo por preguntas que nunca habían hecho.
A veces la distancia más grande entre dos personas no se mide en centímetros.
Se mide en todo aquello que sienten… pero no se atreven a preguntar.
— Dalinda al Desnudo ��
Historias sobre aquello que muchos viven y pocos se atreven a decir.
PRÓXIMA HISTORIA
“El día que encontré un preservativo en el bolsillo de mi esposo… y deseé que me
estuviera engañando.”
Porque cuando Lucía descubrió la verdad, comprendió que una infidelidad habría sido
mucho más fácil de explicar.
