Le fui infiel a mi esposo… con él mismo

Natalia llevaba tres meses deseando a un hombre que no era su esposo.
Esperaba sus mensajes.
Sonreía cuando aparecía su nombre en la pantalla.
Se encerraba en el baño para responderle.
Algunas noches se acostaba junto a su marido y esperaba escuchar su respiración profunda
para tomar el teléfono.
Entonces escribía:
“¿Estás despierto?”
Y él casi siempre contestaba.
“Te estaba esperando.”
Natalia tenía 44 años.
Dieciocho de matrimonio.
Una hija adolescente.
Una casa que todavía estaban pagando.
Y un esposo llamado Alejandro que dormía a treinta centímetros de ella.
El desconocido se hacía llamar Norte.
Ella había elegido Luna.
No conocían sus verdaderos nombres.
Nunca habían visto sus rostros.
Nunca se habían tocado.

Pero había noches en las que Natalia sentía que aquel hombre conocía partes de ella que
Alejandro había dejado de mirar hacía muchos años.
Y eso la hacía sentirse viva.
También la hacía sentirse miserable.
Todo comenzó con una pregunta
Natalia había entrado a un foro sobre relaciones buscando información para una amiga.
Eso se decía a sí misma.
En realidad buscaba respuestas para ella.
Alguien había publicado:
“¿Se puede amar profundamente a una persona y aun así dejar de desearla?”
Natalia leyó más de doscientas respuestas.
Una le llamó la atención.
Un usuario llamado Norte escribió:
“Tal vez algunas veces no dejamos de desear a la persona. Dejamos de desear la
versión de nosotros mismos en la que nos convertimos cuando estamos con ella.”
Natalia volvió a leerlo.
Después otra vez.
Y algo le dolió.
Porque amaba a Alejandro.
De eso estaba segura.
Pero cuando pensaba en ellos como pareja, veía dos personas administrando una empresa
llamada familia.
¿Pagaste el colegio?
Hay que comprar detergente.
Tu mamá llamó.

Recoge a Camila.
No olvides el recibo.
¿Qué hacemos de comer?
Buenas noches.
Hasta mañana.
Funcionaban.
Funcionaban extraordinariamente bien.
Lo que Natalia ya no sabía era si todavía se encontraban.
Le respondió
“¿Y cómo sabes si dejaste de desear a tu pareja o si simplemente te perdiste tú?”
Norte contestó veinte minutos después.
“Buena pregunta, Luna.”
Fue la primera vez que alguien la llamó así.
Y le gustó.
Hablaron durante una hora.
No hubo sexo.
Ni insinuaciones.
Hablaron de matrimonios largos.
De rutina.
De cómo algunas personas pasan de amantes a compañeros de logística sin darse cuenta.
Antes de despedirse, Norte preguntó:
“¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo que te hizo sentir mujer y no solamente
esposa, madre, trabajadora o hija?”
Natalia dejó el teléfono.

No supo responder.
Alejandro estaba al lado
Dormía.
Natalia lo observó.
Todavía le parecía guapo.
Tenía algunas canas nuevas.
Una pequeña arruga cerca de los ojos.
Recordó al muchacho que había conocido diecinueve años atrás.
Alejandro la esperaba afuera del trabajo solamente para acompañarla diez minutos hasta la
parada.
Le escribía cartas.
Una vez condujo tres horas porque ella había dicho por teléfono que estaba triste.
¿Dónde estaba aquel hombre?
Después pensó algo que le resultó todavía más incómodo:
¿Dónde estaba aquella Natalia?
La mujer que bailaba.
Que se compraba un vestido simplemente porque le gustaba.
Que podía besar a Alejandro contra una pared sin pensar si había ropa pendiente por doblar.
Quizá no solamente había perdido a su amante.
Quizá se había perdido a sí misma.
Norte empezó a aparecer todos los días
Buenos días, Luna.
¿Cómo amaneciste?
Cuéntame algo que nadie sepa de ti.

¿Qué canción escucharías si tuvieras veinte años otra vez?
¿Qué parte de tu cuerpo te gusta más?
Aquella última pregunta hizo que Natalia tardara en responder.
Hacía años que nadie se lo preguntaba.
Se miró al espejo.
Su primera reacción fue buscar defectos.
El abdomen.
Las líneas de expresión.
El pecho diferente.
Las piernas.
Después pensó.
Y escribió:
“Mis hombros.”
Norte respondió:
“Entonces algún día ponte algo que los deje al descubierto. Solo porque a ti te
gustan.”
Natalia sonrió.
Compró un vestido
Negro.
Hombros descubiertos.
No necesitaba ropa.
Lo compró de todas maneras.
Cuando llegó a casa se lo probó.
Se miró.

Por primera vez en mucho tiempo no intentó imaginar qué pensaría Alejandro.
Ni qué pensarían otras mujeres.
Ni si era apropiado para su edad.
Simplemente pensó:
Me gusta.
Alejandro apareció detrás.
—¿Eso es nuevo?
Natalia se giró.
—Sí.
Él la miró unos segundos.
—Te queda increíble.
Ella sintió algo.
Pequeño.
Pero lo sintió.
—Gracias.
Alejandro se acercó.
Natalia retrocedió instintivamente.
—Me voy a cambiar.
Él se detuvo.
—Está bien.
Y la pequeña chispa desapareció.
Esa noche escribió a Norte
“Hoy mi esposo me miró.”

“¿Y?”
“Me gustó.”
Norte tardó en responder.
“Entonces todavía importa.”
Natalia frunció el ceño.
“¿Qué cosa?”
“Cómo te mira.”
Ella dejó el teléfono.
Nunca había pensado en eso.
Si realmente Alejandro ya no le importara como hombre…
¿por qué una mirada suya había conseguido alterarla?
La conversación empezó a cambiar
Una noche Norte preguntó:
“¿Qué extrañas?”
Natalia sabía exactamente a qué se refería.
No respondió durante varios minutos.
Finalmente escribió:
“Sentirme deseada.”
“¿Tu esposo no te desea?”
Natalia escribió:
“No lo sé.”
Borró.
Escribió otra cosa.

“Ya no me lo hace sentir.”
Norte contestó:
“¿Se lo has dicho?”
“No.”
“Entonces quizá él tampoco lo sabe.”
Natalia se molestó.
No quería que aquel hombre defendiera a Alejandro.
Quería sentirse comprendida.
“Pensé que estabas de mi lado.”
La respuesta llegó inmediatamente.
“Estoy del lado de la verdad, aunque a veces incomode.”
Natalia dejó de escribirle esa noche.
Alejandro también había cambiado
Durante las siguientes semanas Natalia comenzó a observarlo.
No como esposo.
Como hombre.
Descubrió cosas que había dejado de mirar.
La manera en que se remangaba la camisa.
Sus manos.
La voz cuando hablaba por teléfono.
La forma en que sonreía cuando algo realmente le hacía gracia.
Una tarde lo encontró arreglando una lámpara.
Alejandro levantó los brazos.

La camiseta se elevó ligeramente.
Natalia lo miró.
Él se dio cuenta.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estabas mirando.
—No.
Alejandro sonrió.
—Sí.
Natalia se fue a la cocina.
Y por primera vez en años sintió vergüenza como una adolescente.
Aquella noche escribió:
“Creo que todavía me atrae.”
Norte respondió:
“Eso complica las cosas.”
Natalia sonrió.
Sí.
Las complicaba muchísimo.
Pero seguía escribiendo al desconocido
Y las conversaciones se hicieron más íntimas.
No explícitas.
Íntimas.
Hablaron de fantasías.

De cosas que habían dejado de pedir.
De inseguridades.
De cómo cambia el cuerpo.
De sentirse invisible.
Natalia esperaba esos mensajes.
Y comenzó a preguntarse si aquello ya era una infidelidad.
Nunca había visto a Norte.
Nunca lo había tocado.
Pero ocultaba las conversaciones.
Borraba notificaciones.
Sentía emoción cuando aparecía.
Y había empezado a compartir con él cosas que no compartía con Alejandro.
Entonces ocurrió algo.
Norte propuso:
“Deberíamos conocernos.”
Natalia sintió un vuelco en el estómago.
No respondió.
Durante tres días evitó el chat
El cuarto día llegó un mensaje.
“Olvida lo que dije.”
Natalia escribió:
“No puedo.”
“Yo tampoco.”

“Tengo miedo.”
“Yo también.”
“Si nos vemos, esto cambia.”
“Lo sé.”
Natalia dejó el teléfono.
Aquella noche Alejandro intentó acercarse.
Ella dijo que estaba cansada.
Él se giró.
Y Natalia sintió una culpa diferente.
Porque esta vez sabía que no estaba rechazándolo solamente por cansancio.
Estaba protegiendo algo que tenía con otro hombre.
Aunque aquel hombre no tuviera rostro.
La cita
Una semana después aceptó.
Un café.
Lugar público.
Nada más.
Acordaron llevar algo para reconocerse.
Natalia llevaría un libro rojo.
Norte, un periódico doblado bajo el brazo.
El sábado llegó antes.
Tenía las manos frías.
Pidió café.

Colocó el libro rojo sobre la mesa.
Miraba cada vez que se abría la puerta.
Un hombre mayor.
No.
Un joven.
No.
Una pareja.
No.
Pasaron diez minutos.
Después quince.
Natalia empezó a pensar que Norte no aparecería.
Entonces recibió un mensaje.
“Ya llegué.”
Su corazón se aceleró.
Miró alrededor.
No veía a nadie con periódico.
Escribió:
“¿Dónde estás?”
La respuesta tardó.
“Mesa del fondo.”
Natalia levantó la mirada.
Había un hombre sentado de espaldas.
Camisa azul.

Periódico doblado sobre la mesa.
Algo en aquellos hombros le resultó familiar.
Demasiado familiar.
El hombre se giró.
Natalia dejó caer el teléfono.
Era Alejandro
Durante unos segundos ninguno se movió.
Ninguno habló.
Natalia sintió que el ruido de la cafetería desaparecía.
Alejandro estaba pálido.
Ella también.
—¿Tú? —susurró.
Alejandro miró el libro rojo.
Después su teléfono.
Después a ella.
—¿Luna?
Natalia sintió ganas de llorar.
Y de reír.
Y de salir corriendo.
—¿Tú eres Norte?
Alejandro no respondió.
No hacía falta.
Se sentaron frente a frente

Era absurdo.
Dos personas casadas durante dieciocho años.
Presentándose.
—Hola —dijo Alejandro.
Natalia soltó una carcajada nerviosa.
—No tiene gracia.
—No sé qué decir.
—¿Desde cuándo?
—Desde el principio.
—No te creo.
—Yo tampoco sabía que eras tú.
Natalia se quedó callada.
—¿Entonces tú también estabas buscando…?
Alejandro bajó la mirada.
—Sí.
Aquello dolió de una manera inesperada.
—¿A otra mujer?
—No lo sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Buscaba sentir algo.
Natalia reconoció inmediatamente la frase.
Porque ella había hecho exactamente lo mismo.
La pregunta inevitable

—¿Me habrías engañado?
Alejandro la miró.
—¿Y tú?
Natalia abrió la boca.
No salió ninguna respuesta.
Porque había llegado a aquella cafetería.
Se había arreglado.
Había elegido perfume.
Había mentido diciendo que saldría con una amiga.
No sabía qué habría ocurrido después.
Y esa incertidumbre era una respuesta en sí misma.
—No lo sé —dijo finalmente.
Alejandro asintió.
—Yo tampoco.
Aquella honestidad dolió más que una mentira.
Entonces Natalia comprendió algo devastador
Había pasado tres meses enamorándose de conversaciones con un desconocido.
De su manera de pensar.
De cómo la escuchaba.
De cómo preguntaba.
De cómo la hacía sentirse interesante.
Y aquel hombre…
era su esposo.

El mismo hombre que en casa le parecía distante.
El mismo al que algunas noches evitaba.
El mismo con quien creía que ya no tenía nada de qué hablar.
—¿Cómo es posible? —preguntó.
Alejandro sonrió tristemente.
—Quizá dejamos de preguntarnos cosas.
Natalia sintió un nudo en la garganta.
Eso era.
Después de dieciocho años habían empezado a creer que ya se conocían completamente.
Habían dejado de sentir curiosidad.
Ya no preguntaban:
¿Qué sueñas?
¿Qué te da miedo?
¿Qué extrañas?
¿Qué deseas?
Preguntaban:
¿Compraste leche?
La rutina no siempre mata el amor
A veces mata la curiosidad.
Y cuando dejamos de sentir curiosidad por la persona que tenemos al lado, empezamos a
relacionarnos con una versión antigua de ella.
Creemos saber qué piensa.
Qué quiere.
Qué le gusta.

Cómo va a responder.
Pero las personas cambian.
También dentro de un matrimonio.
Natalia había descubierto facetas de Norte que jamás imaginó que existían en Alejandro.
Alejandro había descubierto en Luna una mujer que todavía tenía fantasías, inseguridades,
deseos y preguntas.
Ambos estaban buscando afuera algo que todavía existía dentro.
Solo que habían dejado de buscarlo entre ellos.
—¿Y ahora qué hacemos?
Preguntó Natalia.
Alejandro miró su café.
—Podemos empezar por no fingir que esto no pasó.
Ella asintió.
—¿Borramos las cuentas?
Alejandro pensó.
—Todavía no.
—¿Por qué?
Él sonrió.
—Quiero hacerte una última pregunta como Norte.
Sacó el teléfono.
Natalia recibió un mensaje.
Lo abrió.
“Luna, si pudieras conocer nuevamente a tu esposo desde cero, sin recordar todos sus
errores, ¿volverías a elegirlo?”

Natalia levantó los ojos.
Alejandro esperaba.
Ella comenzó a escribir.
“No lo sé.”
Él leyó.
La sonrisa desapareció.
Natalia continuó escribiendo.
“Pero me gustaría averiguarlo.”
Alejandro la miró.
Y algo cambió.
No regresaron a casa curados
Porque una relación de dieciocho años no se reconstruye con una coincidencia romántica.
Tuvieron que hablar de la traición.
Porque sí: aunque ambos hubieran terminado hablando entre ellos, los dos habían salido
emocionalmente de su matrimonio buscando algo fuera.
El hecho de que la persona al otro lado resultara ser su propia pareja no borraba la
intención.
Tuvieron que preguntarse por qué.
Qué habían dejado de darse.
Qué necesitaban.
En que habían fallado.
Qué límites querían establecer.
Qué querían conservar.
Y, sobre todo, si estaban dispuestos a volver a conocerse.

No a recuperar el matrimonio de antes.
Ese ya no existía.
A construir otro.
Seis meses después
Natalia estaba acostada leyendo cuando recibió una notificación.
Un mensaje.
De Alejandro.
Él estaba en la cocina.
Natalia abrió.
“Hola, Luna.”
Sonrió.
Respondió:
“Hola, desconocido.”
“Cuéntame algo que nadie sepa de ti.”
Natalia pensó.
Después escribió:
“Todavía me pongo nerviosa cuando me miras demasiado.”
Desde la cocina llegó la respuesta:
“Interesante.”
Natalia escuchó pasos.
Alejandro apareció en la puerta.
—¿Así que te pongo nerviosa?
Ella dejó el teléfono.

—No te emociones.
Él se acercó.
—¿Puedo hacerte otra pregunta?
—Depende.
—¿Todavía te quedan secretos?
Natalia sonrió.
—Muchísimos.
Alejandro se sentó junto a ella.
—Entonces tenemos trabajo.
Y por primera vez después de muchos años, eso no les pareció un problema.
Les pareció una invitación.
AL DESNUDO
Hay parejas que terminan porque apareció otra persona.
Pero hay otras que comienzan a apagarse mucho antes y sin darse cuenta.
Cuando dejamos de mirar.
De preguntar.
De coquetear.
De escuchar.
De sorprendernos.
Cuando creemos que veinte años juntos significan que ya no queda nada por descubrir.
Y quizá ahí esté uno de los errores más peligrosos del amor:
confundir conocer la historia de alguien con conocer a la persona que es hoy.
Tu pareja de ahora no es exactamente aquella de quien te enamoraste.

Tú tampoco.
Han cambiado sus cuerpos.
Sus miedos.
Sus sueños.
Sus heridas.
Quizá también sus deseos.
Por eso la intimidad necesita algo que solemos regalar a los desconocidos y quitarles a
quienes más amamos:
curiosidad.
Preguntar sin asumir que conocemos la respuesta.
Escuchar sin completar la frase.
Volver a mirar.
Volver a seducir.
Volver a descubrir.
Natalia salió a escondidas para conocer al hombre que la hacía sentirse mujer nuevamente.
Y terminó sentada frente al mismo hombre con quien llevaba dieciocho años desayunando.
Quizá no necesitaba otro hombre.
Quizá necesitaba encontrar otra vez al hombre que estaba debajo de todas aquellas capas de
rutina.
Y Alejandro tampoco necesitaba otra mujer.
Necesitaba descubrir que detrás de “su esposa” todavía existía Natalia.
La mujer.
La amante.
La desconocida.

Porque hay parejas que no necesitan volver a enamorarse.
Necesitan dejar de comportarse como si ya lo supieran todo el uno del otro.
— Dalinda al Desnudo ��
Historias sobre aquello que muchos viven y pocos se atreven a decir.
PRÓXIMA HISTORIA
“Mi esposo me pidió permiso para acostarse con otra mujer.”
Verónica pensó que la pregunta destruiría su matrimonio.
Lo que nunca imaginó fue que, cuando finalmente reunió valor para responderle, tendría
que confesar algo que llevaba once años ocultándole.
Y después de escucharlo, su esposo ya no quiso acostarse con nadie.
Quiso saber una sola cosa:
“¿Por qué nunca me lo dijiste?”

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