Elena tenía 39 años cuando tuvo su primer orgasmo.
Estaba sola.
Y cuando terminó, lloró.
No de placer.
No exactamente.
Lloró de rabia.
Se quedó acostada mirando el techo, intentando recuperar el aliento, con una sola pregunta
atravesándole la cabeza:
“¿Cómo es posible que haya vivido treinta y nueve años dentro de este cuerpo… sin
conocerlo?”
Porque Elena no era una mujer sin experiencia sexual.
Había tenido novios.
Se había enamorado.
Había tenido relaciones.
Llevaba nueve años casada con Sebastián.
Y durante más de veinte años de vida sexual había hecho algo que nunca le había confesado
a nadie:
fingir.
La primera vez tenía 19 años
Su novio le preguntó:
—¿Llegaste?
Elena no sabía exactamente qué se suponía que debía haber sentido.
Pero respondió:
—Sí.
Él sonrió orgulloso.
Ella también.
Y ahí comenzó una mentira que duraría veinte años.
Con el siguiente novio ocurrió algo parecido.
Después con otro.
Algunas veces disfrutaba muchísimo.
Sentía excitación.
Placer.
Cercanía.
Pero aquello que escuchaba describir como el orgasmo…
no estaba segura de haberlo experimentado.
Y en lugar de preguntarse:
“¿Qué necesito?”
Elena comenzó a preguntarse:
“¿Qué está mal conmigo?”
Después conoció a Sebastián
Con él fue diferente.
Se enamoró.
Se sentía segura.
Podían hablar durante horas.
La intimidad era cariñosa.
Había deseo.
Había conexión.
Y aun así…
Elena seguía sin llegar.
La primera vez que Sebastián preguntó:
—¿Terminaste?
Ella tuvo la oportunidad de decir la verdad.
Pero vio su expresión.
Parecía tan preocupado por haberla hecho disfrutar que Elena respondió:
—Sí.
Sebastián sonrió.
Y ella sintió alivio.
Después culpa.
Fingir solucionaba el problema durante cinco minutos
Ese era el problema.
Funcionaba.
Sebastián dejaba de preocuparse.
Elena dejaba de sentirse observada.
El encuentro podía terminar sin preguntas incómodas.
Pero cada vez que fingía estaba enseñándole a su esposo algo que no era verdad.
Él comenzó a creer que conocía perfectamente lo que le gustaba.
¿Cómo no iba a creerlo?
Elena llevaba años confirmándoselo.
Y ella empezó a quedar atrapada dentro de su propia actuación.
Si después de nueve años decía:
“En realidad nunca llegué”,
¿qué ocurriría?
¿Sebastián se sentiría engañado?
¿Humillado?
¿Pensaría que era culpa suya?
¿Dejaría de confiar en ella?
Así que siguió fingiendo.
Hasta que dejó de hacerlo
Una noche Sebastián preguntó:
—¿Todo bien?
Elena respondió:
—Sí.
Pero esta vez no fingió.
Pasaron unos minutos.
Sebastián volvió a preguntar:
—¿No llegaste?
Elena sintió el impulso de mentir.
—No.
Él se quedó quieto.
—¿Hice algo?
—No.
—¿Entonces?
—Simplemente no.
Sebastián la abrazó.
—Otro día será.
Aquella respuesta debería haberla tranquilizado.
Pero hizo exactamente lo contrario.
Porque Elena pensó:
“¿Y si nunca es?”
Empezó a buscar respuestas
Leyó.
Escuchó entrevistas.
Descubrió términos que jamás le habían explicado.
Comprendió que el placer femenino era mucho más complejo que la versión que había
aprendido de adolescente.
Y encontró una palabra que conocía perfectamente…
pero que nunca había relacionado con ella misma.
Clítoris.
Sabía que existía.
Claro.
Pero se dio cuenta de que nunca había entendido realmente su importancia en el placer
femenino.
Durante años había creído que una mujer debía llegar al orgasmo principalmente durante la
penetración.
Porque así ocurría en las películas.
Así aparecía en muchas escenas románticas.
Así lo había entendido.
Y cuando su cuerpo no respondía de esa manera, concluía:
“Estoy fallada.”
El problema era que había estado intentando encajar su cuerpo dentro de una historia que
alguien más había escrito.
La masturbación tampoco formaba parte de su vida
Elena había crecido escuchando cosas diferentes sobre hombres y mujeres.
Cuando un adolescente se masturbaba, las bromas parecían asumir que era normal.
Cuando se hablaba de una mujer haciéndolo…
el tono cambiaba.
Vergüenza.
Morbo.
Silencio.
Así que Elena aprendió algo sin que nadie se lo enseñara directamente:
una mujer podía tener sexualidad, pero no demasiada curiosidad sobre ella.
Podía ser deseada.
Pero explorar su propio deseo le parecía otra cosa.
Incluso estando sola.
Incluso siendo adulta.
Incluso dentro de su propio cuerpo.
Hasta aquella noche
Sebastián estaba fuera por trabajo.
Elena se bañó.
Se acostó.
Y decidió algo sencillo:
no iba a intentar tener un orgasmo.
Porque esa meta también se había convertido en presión.
Solamente quería descubrir qué sensaciones le gustaban.
Sin reloj.
Sin una persona observándola.
Sin pensar si estaba tardando demasiado.
Sin preocuparse por cómo se veía.
Sin representar nada.
Y ocurrió algo que al principio le pareció extraño.
Empezó a prestar atención.
A notar diferencias.
Qué sensaciones le resultaban agradables.
Cuáles no.
Qué ritmo prefería.
Cuándo su cuerpo pedía continuar.
Cuándo quería cambiar.
No estaba siguiendo instrucciones.
Estaba escuchándose.
Y después de un tiempo…
ocurrió.
Elena se quedó inmóvil
Durante unos segundos no pensó.
Después comenzó a reír.
Una risa nerviosa.
Incrédula.
Y luego llegaron las lágrimas.
Porque acababa de descubrir dos cosas al mismo tiempo.
La primera:
su cuerpo sí podía tener orgasmos.
La segunda dolía mucho más:
había pasado veinte años creyendo que no podía.
Se levantó.
Fue al baño.
Se miró en el espejo.
—Treinta y nueve años —susurró.
Y entonces apareció la rabia.
Contra nadie en particular.
Contra todos un poco.
Contra la educación que nunca recibió.
Contra las conversaciones que nunca tuvo.
Contra la vergüenza.
Contra las películas.
Contra sus parejas.
Contra ella misma.
Y después entendió que culparse tampoco solucionaría nada.
Sebastián regresó dos días después
Elena sabía que tenía que contárselo.
No porque una persona tenga la obligación de narrar cada experiencia íntima individual a
su pareja.
Sino porque llevaba nueve años sosteniendo una mentira entre ellos.
Esperó hasta la noche.
—Necesito hablar contigo.
Sebastián sonrió.
—Esa frase siempre da miedo.
Elena no sonrió.
Él se puso serio.
—¿Qué pasa?
—Te he mentido.
La expresión de Sebastián cambió.
—¿Sobre qué?
Elena respiró profundamente.
—Sobre mis orgasmos.
Silencio.
Sebastián parpadeó.
—No entiendo.
—Sí entiendes.
Él la miró durante varios segundos.
—¿Los fingías?
Elena sintió ganas de desaparecer.
—Sí.
La siguiente pregunta era inevitable
—¿Cuántas veces?
Elena bajó la mirada.
—Muchas.
—¿Cuántas?
—Sebastián…
—¿Todos estos años?
Ella asintió.
Él se levantó.
No gritó.
Eso fue peor.
Caminó por la habitación.
—Entonces todo era mentira.
—No.
—¿Cómo que no?
—Disfrutar no era mentira.
—Pero fingías.
—Sí.
—¿Por qué?
Elena comenzó a llorar.
—Porque pensé que no podía.
Sebastián frunció el ceño.
—¿No podías qué?
—Tener uno.
Él se quedó callado.
Entonces llegó la pregunta que Elena sabía que cambiaría todo
—¿Y ahora?
Ella levantó los ojos.
—Ahora sé que sí puedo.
Sebastián tardó unos segundos en comprender.
—¿Cómo lo sabes?
Elena sintió vergüenza nuevamente.
Pero esta vez decidió atravesarla.
—Porque lo descubrí sola.
El rostro de Sebastián cambió.
No fue exactamente celos.
Fue algo más complejo.
—¿Te masturbaste?
Elena asintió.
Él permaneció en silencio.
—Y pudiste.
—Sí.
Sebastián se sentó.
Elena esperaba muchas reacciones.
No esperaba la que llegó.
Él comenzó a llorar.
—Entonces el problema era yo
—No.
—Elena, conmigo nunca y sola sí.
—Escúchame.
—¿Qué quieres que entienda?
Ella se sentó frente a él.
—Que yo tampoco sabía qué necesitaba.
Sebastián no respondió.
Y Elena dijo la frase que llevaba veinte años necesitando aprender:
—¿Cómo podía enseñarte lo que me gustaba si yo tampoco lo sabía?
Él levantó la mirada.
Aquella pregunta cambió la conversación.
Sebastián no era adivino
Durante años Elena había esperado que sus parejas supieran.
Que tocaran exactamente de determinada manera.
Que encontraran algo.
Que entendieran su cuerpo.
Y cuando no ocurría, pensaba:
No sabe hacerlo.
O peor:
Yo no funciono.
Pero existía una tercera posibilidad:
ninguno de los dos sabía todavía.
El placer no siempre aparece por intuición.
También se aprende.
Se comunica.
Se descubre.
Y los cuerpos no responden todos de la misma manera.
—Entonces dime qué hago
Sebastián se acercó.
Elena sintió inmediatamente la antigua presión.
—No.
Él retrocedió.
—¿Qué?
—Eso es justamente lo que no quiero.
—Pero dijiste que…
—No quiero convertir esto en otro examen.
Sebastián entendió.
Elena continuó:
—No quiero que la próxima vez estés pensando “tengo que conseguir que llegue”.
—¿Entonces qué hacemos?
Ella sonrió.
—Aprendemos.
Empezaron con palabras
No con sexo.
Palabras.
Elena comenzó a decir cosas que antes le parecían imposibles.
Esto me gusta.
Así no.
Más despacio.
No pares.
Hoy no quiero.
Hoy sí.
Sebastián también empezó a hablar.
Descubrieron que durante nueve años ambos habían estado interpretando señales en lugar
de preguntar.
Y algo más importante:
el orgasmo dejó de ser la calificación final del encuentro.
Porque podían disfrutar muchísimo sin que ocurriera.
Y otras veces sí ocurría.
Pero ya no necesitaban convertirlo en una prueba de que Sebastián era un buen amante o de
que Elena era una mujer sexualmente “normal”.
Elena también siguió conociéndose sola
Al principio Sebastián sintió cierta incomodidad.
Una noche preguntó:
—¿No prefieres hacerlo conmigo?
Elena sonrió.
—No son competidores.
—Lo sé.
—No parece.
Él rio.
—Estoy aprendiendo.
Ella tomó su mano.
—Cuando estoy sola aprendo cosas sobre mí.
—¿Y después?
—Si quiero, puedo compartirlas contigo.
Sebastián sonrió.
—Eso me interesa.
Elena rio.
Algo empezó a cambiar fuera de la cama
Ese fue el descubrimiento que Elena no esperaba.
Conocer su cuerpo empezó a modificar la manera en que hablaba.
Dejó de sentir tanta vergüenza al expresar preferencias.
Empezó a comprender que decir:
“Esto quiero”
no era egoísmo.
Y decir:
“Esto no”
tampoco.
Durante años había vivido parte de su sexualidad intentando agradar.
Ahora empezaba a preguntarse:
“¿Qué siento yo?”
Y esa pregunta no la alejaba de Sebastián.
La hacía llegar a él con mayor honestidad.
Una noche, meses después
Estaban juntos.
Sebastián la miró.
Elena empezó a reír.
—¿Qué?
—Estás pensando demasiado.
—No.
—Sí.
—Solo quiero saber si…
Ella puso un dedo sobre sus labios.
—No preguntes todavía.
Sebastián sonrió.
Después de un rato Elena dijo:
—Ahora.
Él la escuchó.
No adivinó.
Escuchó.
Y cuando terminó, Sebastián hizo la pregunta que antes hacía siempre:
—¿Llegaste?
Elena abrió los ojos.
Él inmediatamente corrigió:
—Perdón.
Ella comenzó a reír.
—Estás aprendiendo.
—Entonces, ¿qué pregunto?
Elena lo abrazó.
—Pregúntame si disfruté.
—¿Disfrutaste?
Ella sonrió.
—Muchísimo.
Y esa vez no había absolutamente nada que fingir.
AL DESNUDO
¿Cuántas mujeres han pasado años creyendo que algo estaba mal en ellas porque no
llegaban al orgasmo como suponían que “debían”?
¿Cuántas fingieron alguna vez para no herir a su pareja?
¿Cuántas aprendieron mucho antes cómo satisfacer a alguien que cómo conocer su propio
cuerpo?
Hablar de masturbación femenina todavía puede generar vergüenza.
Pero el autoconocimiento corporal no convierte a una mujer en menos fiel, menos
respetable ni menos capaz de disfrutar con una pareja.
Para algunas personas, explorar su propio cuerpo puede ayudarles a reconocer qué
sensaciones les resultan agradables y facilitar después la comunicación en pareja.
Y hay algo importante:
la penetración por sí sola no lleva necesariamente al orgasmo a todas las mujeres.
Para muchas, la estimulación del clítoris tiene un papel central en el orgasmo.
Eso no significa que exista una única fórmula.
Cada cuerpo es diferente.
Y tampoco existe la obligación de llegar al orgasmo en cada encuentro.
Cuando lo convertimos en una meta obligatoria, el placer puede transformarse precisamente
en presión.
Elena necesitó treinta y nueve años para hacerse una pregunta aparentemente sencilla:
“¿Qué me gusta a mí?”
Nadie debería avergonzarse por no conocer todavía todas las respuestas.
Podemos aprender.
Explorar.
Comunicar.
Y cuando existen dificultades persistentes, dolor, angustia o cambios sexuales que
preocupan, también podemos pedir orientación profesional.
Pero Elena descubrió algo que iba mucho más allá de un orgasmo.
Durante años había entregado a otros la responsabilidad de descifrar su cuerpo.
Y cuando finalmente comenzó a conocerlo, entendió que el placer compartido no debería
consistir en encontrar a alguien capaz de adivinarte.
También consiste en poder decir:
“Ven. Quiero enseñarte lo que estoy aprendiendo de mí.”
Porque conocer nuestro propio placer no necesariamente nos aleja de nuestra pareja.
A veces…
es la primera vez que llegamos verdaderamente a ella sin estar fingiendo.
— Dalinda al Desnudo ��
Historias sobre aquello que muchos viven y pocos se atreven a decir.
PRÓXIMA HISTORIA
“Mi esposa dejó de querer hacer el amor conmigo después de tener un orgasmo.”
Sebastián pensó que finalmente habían superado el problema.
Elena había aprendido a conocer su cuerpo.
Habían empezado a hablar.
Su intimidad parecía mejor que nunca.
Hasta que, semanas después, ella comenzó a rechazarlo.
Primero una noche.
Después otra.
Y otra.
Hasta que Sebastián explotó:
—¿Qué hice mal ahora?
Elena lo miró y respondió:
—Nada. Ese es el problema. Estoy descubriendo que durante años usé el sexo para
algo que no tenía nada que ver con el deseo.
Y esa confesión obligaría a ambos a preguntarse algo mucho más incómodo:
¿Cuántas veces hacemos el amor porque realmente queremos… y cuántas porque
necesitamos sentirnos queridos?
