Mariana nunca imaginó que podía sentir celos de la mano de su propio esposo.
Pero los sintió.
Y le dolieron más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
La noche anterior ella había intentado acercarse a Julián.
Él la besó en la frente.
—Hoy no, amor. Estoy muerto.
Mariana no insistió.
Se giró.
Durmieron.
O al menos ella creyó que el asunto había terminado allí.
Al día siguiente regresó a casa antes de lo habitual.
Abrió la puerta del dormitorio sin tocar.
Y lo encontró masturbándose.
No hubo otra mujer.
No había mensajes.
No había una videollamada.
Simplemente estaba él.
Solo.
Mariana cerró la puerta inmediatamente.
Julián dijo su nombre.
—¡Mari!
Ella siguió caminando.
Y una pregunta comenzó a golpearle la cabeza:
“Anoche me dijo que estaba cansado para mí… ¿pero hoy no estaba cansado para
eso?”
Julián salió detrás de ella
—Espera.
—No quiero hablar.
—Mariana…
—Te dije que no quiero hablar.
—Pero estás molesta.
Ella se giró.
—¿Debería estar contenta?
Julián frunció el ceño.
—No hice nada malo.
Aquella frase la enfureció todavía más.
—Perfecto.
—No dije que…
—Haz lo que quieras, Julián.
Tomó su cartera.
—¿Adónde vas?
—A cualquier lugar donde no tenga que sentirme ridícula.
Cerró la puerta.
Julián se quedó sin entender qué acababa de ocurrir.
Mariana sí creía entenderlo.
Y precisamente ese era el problema.
Durante horas se comparó con algo que ni siquiera era una persona
No podía dejar de pensar.
¿Prefería estar solo?
¿Ella ya no le atraía?
¿Lo hacía frecuentemente?
¿Pensaba en alguien mientras lo hacía?
¿Miraba a otras mujeres?
La última pregunta le dolió especialmente.
Porque ahora había aparecido una competidora imposible.
No tenía nombre.
No tenía rostro.
Podía ser cualquiera.
Una actriz.
Una desconocida.
Una fantasía.
Una antigua pareja.
Mariana se miró en el espejo del baño de una cafetería.
Tenía 38 años.
Su cuerpo había cambiado.
También el de Julián.
Hasta aquel día nunca le había preocupado demasiado.
Ahora se levantó ligeramente la blusa.
Miró su abdomen.
Y apareció esa pregunta que tantas personas terminan haciéndose cuando interpretan el
deseo de su pareja como una evaluación de su propio valor:
“¿Ya no soy suficiente?”
Esa noche no hablaron
Mariana llegó tarde.
Julián estaba en la sala.
—¿Podemos conversar?
—Estoy cansada.
Él entendió la referencia.
—No hagas eso.
—¿Qué cosa?
—Usar lo de anoche.
—No estoy usando nada.
—Claro que sí.
Mariana siguió caminando.
Julián dijo:
—No tiene nada que ver contigo.
Ella se detuvo.
—Eso es justamente lo que me duele.
Pasaron cuatro días
Mariana no volvió a mencionarlo.
Pero empezó a observar.
Si Julián tardaba en el baño, pensaba en eso.
Si estaba solo en el dormitorio, pensaba en eso.
Si rechazaba un acercamiento, pensaba en eso.
Y poco a poco apareció algo todavía peor.
Empezó a competir.
Una noche se acercó aunque realmente no tenía ganas.
Julián respondió a sus besos.
Pero notó algo.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Estás rara.
—¿Ahora tampoco quieres?
—No dije eso.
Mariana se apartó.
—Olvídalo.
Julián se sentó.
—No. Ya basta.
Ella lo miró.
—¿Quieres saber qué pasa?
—Sí.
—Quiero saber por qué prefieres hacerlo solo cuando tienes una esposa que te desea.
Julián quedó en silencio.
—No te prefiero
—Eso dices.
—Porque es verdad.
—La noche anterior intenté acercarme y estabas cansado.
—Sí.
—Y al día siguiente…
—También.
—No parecías muy cansado.
Julián suspiró.
—No es lo mismo.
Mariana sintió que esas palabras confirmaban todo.
—Exactamente.
Se levantó.
Él tomó su mano.
—Espera.
—¿Para qué?
Julián tardó unos segundos.
Después dijo:
—Porque cuando estoy solo, no siento que tenga que demostrarle nada a nadie.
Mariana dejó de moverse.
—¿Demostrar qué?
Julián bajó la mirada.
Y ella supo que acababan de llegar a una conversación completamente diferente.
Julián llevaba meses sintiendo presión
No era una presión que Mariana hubiera impuesto deliberadamente.
Gran parte existía dentro de él.
Cuando estaban juntos, Julián pensaba demasiado.
Si duraría suficiente.
Si Mariana disfrutaría.
Si ella llegaría al orgasmo.
Si él podría mantener la excitación.
Si estaba haciéndolo bien.
Si ella compararía aquella noche con otras.
Si notaría que algunas veces necesitaba más tiempo.
Y cuanto más pensaba…
menos podía simplemente sentir.
—Pero yo nunca te he exigido nada de eso.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué sientes que tienes que demostrarlo?
Julián soltó una risa triste.
—Porque durante toda mi vida aprendí que un hombre tiene que saber.
—¿Saber qué?
—Todo.
Mariana no respondió.
—Tener ganas. Poder. Durar. Hacer disfrutar. No ponerse nervioso. No fallar.
—Julián…
—Cuando estoy solo no existe ningún examen.
Aquella palabra quedó suspendida entre ellos.
Examen.
Mariana nunca había imaginado que algunas veces su marido viviera la intimidad así.
—Entonces, ¿conmigo no disfrutas?
—No dije eso.
—Pues parece.
Julián tomó aire.
—Contigo hay algo que no existe cuando estoy solo.
—¿Qué?
—Importas.
Mariana frunció el ceño.
—Eso debería ser bueno.
—Lo es. Pero precisamente porque me importa que disfrutes, a veces me presiono.
Ella comenzó a entender.
—¿Y cuando estás solo?
—No tengo que pensar en nadie.
—Solo en ti.
—Sí.
Mariana permaneció callada.
Por primera vez intentó mirar lo ocurrido sin convertirlo automáticamente en una
comparación.
Pero todavía faltaba una pregunta
—¿En quién piensas?
Julián supo inmediatamente a qué se refería.
—Mariana…
—Necesito saberlo.
—¿De verdad?
Ella estuvo a punto de decir que sí.
Pero se detuvo.
¿Realmente necesitaba conocer cada imagen que podía atravesar la mente de su esposo?
¿Le ayudaría?
¿O estaba buscando una nueva persona con quien compararse?
—No sé —admitió.
Julián se acercó.
—A veces fantaseo.
Mariana sintió una punzada.
—¿Con otras mujeres?
—A veces.
La respuesta dolió.
Pero después recordó algo.
Ella también había fantaseado alguna vez.
Nunca se lo había dicho.
Y jamás había considerado que eso significara que quería abandonar a Julián.
—¿Y conmigo?
Él sonrió.
—También.
—Buena respuesta.
—Es la verdad.
La masturbación no siempre significa que falta algo en la pareja
Mariana había construido una ecuación sencilla:
Si me desea a mí, no debería necesitar masturbarse.
Pero la sexualidad humana no siempre funciona de esa manera.
El placer individual y la intimidad compartida pueden cumplir funciones diferentes.
Una persona puede amar y desear a su pareja y también masturbarse.
Puede hacerlo por placer.
Por relajación.
Por curiosidad.
Para conocer su cuerpo.
Por una diferencia en el nivel de deseo.
O simplemente porque quiere una experiencia sexual individual en ese momento.
Eso no convierte automáticamente la masturbación en una traición ni demuestra
necesariamente insatisfacción con la relación.
Pero eso tampoco significa que todas las parejas tengan que sentirse cómodas con cualquier
conducta relacionada.
Porque había otra conversación que Mariana y Julián todavía no habían tenido.
—¿Y si utilizas pornografía?
Preguntó ella.
Julián se quedó callado.
—A veces.
Mariana sintió nuevamente incomodidad.
—Eso sí me molesta.
—¿Por qué?
—No lo sé todavía.
Y aquella respuesta fue sorprendentemente importante.
No dijo:
“Está mal.”
Dijo:
“Necesito entender por qué me afecta.”
Hablaron.
Mariana explicó que ciertas cosas despertaban comparaciones e inseguridades en ella.
Julián habló de lo que significaban para él.
No solucionaron todo aquella noche.
Pero comprendieron algo:
las parejas necesitan conversar también sobre los límites de su sexualidad individual.
No asumirlos.
No imponerlos en silencio.
Hablarlos.
Después Julián hizo una pregunta
—¿Tú te masturbas?
Mariana abrió los ojos.
—¿Qué?
—Estamos hablando de esto.
—Eso no significa que tengas que interrogarme.
—Solo pregunté.
Ella se rio nerviosamente.
—Alguna vez.
Julián la miró sorprendido.
—¿Alguna vez cuánto?
—No te importa.
—¡Mariana!
Ella empezó a reír.
—Mira quién se puso curioso.
Pero detrás de la risa apareció algo que Mariana nunca había analizado.
Ella también lo había hecho.
Pocas veces.
Con cierta culpa.
Y jamás se lo había contado.
¿Por qué?
Porque había aprendido que la masturbación masculina era algo casi esperado.
Mientras que en una mujer todavía podía sentirse como un secreto.
—¿Y por qué nunca me dijiste?
—Porque me daba vergüenza.
Julián sonrió.
—Bienvenida al club.
Mariana le lanzó un cojín.
Pero aquella conversación abrió una puerta que ninguno esperaba.
Empezaron a hablar de sus cuerpos de una manera diferente.
No solo de lo que hacían juntos.
También de cómo habían aprendido —o no aprendido— a conocerlos.
Y Mariana reconoció algo:
—Hay cosas que todavía no sé qué me gustan.
Julián la miró.
—¿Cómo puede ser?
—Porque nunca me enseñaron a preguntármelo.
Durante años, Mariana había pensado en el placer como algo que otra
persona debía provocar
Primero un novio.
Después una pareja.
Después su esposo.
La pregunta siempre era:
“¿Sabe satisfacerme?”
Pero casi nunca se había hecho otra:
“¿Sé yo cómo funciona mi propio placer?”
Y ahí apareció una idea que cambiaría mucho más adelante la manera en que Mariana se
relacionaría con su cuerpo.
Conocerse no tenía por qué competir con Julián.
Podía ayudarla a comunicarse mejor con él.
Porque resulta difícil explicarle a otra persona qué necesitamos cuando ni siquiera nosotros
hemos tenido espacio para descubrirlo.
Una noche, semanas después
Julián estaba leyendo.
Mariana se acostó.
—Tengo una pregunta.
Él dejó el libro.
—Últimamente tus preguntas son peligrosas.
Ella sonrió.
—Si alguna noche yo quisiera estar sola…
Julián comprendió.
—¿Qué?
—¿Te molestaría?
Él estuvo a punto de responder rápidamente.
Pero se detuvo.
Pensó.
—Creo que me daría curiosidad.
—Eso no responde.
—Quizá una parte de mí se preguntaría por qué no me buscas.
Mariana levantó una ceja.
—Exactamente lo que me pasó.
—Sí.
—¿Y?
Julián sonrió.
—Supongo que tendría que recordar mi propio discurso.
Ella se rio.
Después él agregó:
—Pero me gustaría que nunca sintiéramos que tenemos que escondernos por vergüenza.
Mariana lo miró.
Aquello sí le gustó.
Meses después
Mariana llegó del trabajo.
Julián estaba acostado.
—¿Cansado?
—Muchísimo.
Ella sonrió.
—¿Seguro?
Julián entendió inmediatamente.
—No empieces.
—Solo preguntaba.
—Mariana.
Ella se rio y se acostó junto a él.
Julián la abrazó.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto?
—¿Qué?
—Que ya no siento que tengo que esconderme de ti.
Mariana apoyó la cabeza sobre su pecho.
—Yo tampoco.
Y eso no significaba que ahora supieran todo el uno del otro.
Ni que tuvieran acceso ilimitado al mundo íntimo del otro.
Significaba algo más sencillo:
habían dejado de convertir el placer individual en una amenaza automática para el amor
compartido.
AL DESNUDO
Tal vez alguna vez descubriste que tu pareja se masturbaba y pensaste:
“¿Por qué, si me tiene a mí?”
Quizá sentiste rechazo.
Celos.
Inseguridad.
Incluso traición.
Esas emociones merecen ser escuchadas.
Pero también vale la pena preguntarnos:
¿Por qué asumimos que el placer individual necesariamente compite con el placer en
pareja?
No siempre lo hace.
Masturbarse puede formar parte de una sexualidad saludable en personas solteras y también
en personas que tienen pareja.
Y puede ser una forma de conocer el propio cuerpo, las sensaciones y aquello que resulta
agradable.
Pero como ocurre con muchos aspectos de la sexualidad, el contexto importa.
Si existe ocultamiento, si interfiere de manera persistente con la intimidad compartida, si se
convierte en fuente de conflicto o si se están rompiendo acuerdos establecidos dentro de la
relación, entonces vale la pena hablar de ello.
Sin humillar.
Sin ridiculizar.
Sin convertir automáticamente una conducta en un diagnóstico sobre el amor.
Mariana creyó que Julián la estaba reemplazando.
Julián llevaba meses intentando escapar de una presión que ella ni siquiera sabía que
existía.
Y terminaron descubriendo algo que nunca habían hablado durante años de matrimonio:
la sexualidad de una pareja no elimina la sexualidad individual de cada uno.
Seguimos teniendo cuerpo.
Imaginación.
Curiosidad.
Preferencias.
Y un mundo interior.
La intimidad profunda no consiste necesariamente en renunciar a todo eso.
Consiste en poder hablar de ello con respeto y construir límites que ambos comprendan.
Pero aquella conversación dejó a Mariana con una pregunta mucho más personal:
¿Cómo podía pedirle a Julián que conociera su placer… si ella misma nunca había
aprendido a conocerlo?
Y esa pregunta todavía no tenía respuesta.
— Dalinda al Desnudo ��
Historias sobre aquello que muchos viven y pocos se atreven a decir.
PRÓXIMA HISTORIA
“Tenía 39 años cuando descubrí que sí podía tener un orgasmo.”
Elena llevaba más de veinte años sexualmente activa.
Había tenido parejas.
Se había enamorado.
Se había casado.
Y durante todo ese tiempo había fingido algo que jamás había experimentado.
Hasta una noche en la que estaba completamente sola.
No hubo un hombre.
No hubo presión.
No hubo nadie esperando una reacción de ella.
Y por primera vez, Elena descubrió qué necesitaba su propio cuerpo.
Lo primero que sintió después no fue felicidad.
Fue rabia.
Porque mientras intentaba recuperar el aliento solo podía pensar:
“¿Cómo es posible que haya vivido tantos años dentro de este cuerpo… sin
conocerlo?”
