La noche que Carolina dejó de fingir un orgasmo, su esposo creyó que había dejado
de amarlo.
Llevaban doce años juntos.
Él conocía cómo tomaba el café.
Sabía que Carolina dormía mejor del lado izquierdo.
Podía reconocer por la manera en que cerraba una puerta si estaba enojada.
Sabía qué película la hacía llorar, aunque la hubiera visto veinte veces.
Pero había algo que Mauricio no sabía.
Hacía meses que su esposa fingía en la cama.
Y Carolina había aprendido a hacerlo tan bien que él jamás lo había sospechado.
No fingía porque hubiera otro hombre.
No fingía porque Mauricio le pareciera desagradable.
Ni siquiera porque hubiera dejado de quererlo.
Fingía por una razón que le daba vergüenza admitir:
Quería que terminara.
Y después se quedaba acostada junto a él sintiéndose culpable por haber deseado
exactamente eso y que además era algo que se repetía casi siempre.
—¿Estuvo bien?
Mauricio siempre hacía la misma pregunta.
—Sí, amor.
Carolina también daba siempre la misma respuesta.
A veces añadía una sonrisa.
O un beso.
Y Mauricio se dormía tranquilo.
Ella no.
Carolina permanecía mirando el techo.
Pensaba:
¿Qué me está pasando?
Antes disfrutaba de su intimidad.
Antes lo buscaba.
Antes existían noches en las que bastaba una mirada para entenderse.
Ahora, cuando Mauricio empezaba a acercarse, ella calculaba mentalmente cuánto tiempo
faltaba para poder dormir.
Y aquella idea la hacía sentirse horrible.
Porque Mauricio no era un mal hombre.
Era cariñoso.
Responsable.
Buen compañero.
Y quizá precisamente por eso Carolina sentía que no tenía derecho a decir:
“No tengo ganas.”
Así comenzó todo
No hubo un día específico en el que su deseo desapareciera.
Fue disminuyendo lentamente.
Primero llegó el cansancio.
Después el estrés.
Después las preocupaciones.
Luego empezaron esas pequeñas discusiones que nunca se resolvían completamente.
Mauricio podía olvidarlas al día siguiente.
Carolina no.
Durante el día podían discutir porque ella sentía que cargaba con demasiadas
responsabilidades.
Por la noche, Mauricio se acercaba buscando intimidad.
Y ella pensaba:
Hace tres horas estaba llorando de rabia y ahora tengo que cambiar el chip como si nada
hubiera pasado.
Pero no lo decía.
Porque tenía miedo.
Miedo de que Mauricio pensara que lo estaba castigando.
Miedo de que se sintiera rechazado.
Miedo de que buscara fuera de casa lo que ella ya no estaba ofreciendo.
Y había una frase que escuchó demasiadas veces a lo largo de su vida:
“Hay que cuidar al marido.”
Carolina nunca preguntó qué significaba exactamente.
Pero de alguna manera había aprendido que una buena esposa no debía rechazar demasiado.
Así que algunas noches decía que sí cuando su cuerpo estaba diciendo que no.
Hasta que empezó a fingir
Al principio ocurrió una sola vez.
Carolina estaba agotada.
Mauricio le preguntó si estaba bien.
Ella dijo que sí.
No quería explicar nada.
Solo quería dormir.
Entonces fingió.
Funcionó.
Mauricio sonrió.
La besó.
—Te amo.
—Yo también.
Él se quedó dormido.
Carolina miró el techo.
Sintió alivio.
Y después culpa.
Con el tiempo volvió a hacerlo.
Después otra vez.
Hasta que dejó de saber cuándo estaba disfrutando realmente y cuándo simplemente estaba
interpretando el papel que creía que se esperaba de ella.
Lo más triste era que Mauricio pensaba que todo estaba perfectamente bien.
¿Cómo iba a saber que existía un problema si Carolina llevaba meses convenciéndolo de lo
contrario?
La noche en que no pudo hacerlo
Fue un martes.
Carolina había tenido un día terrible.
Llegó tarde.
Comió cualquier cosa.
Se bañó y se acostó.
Mauricio se acercó.
Ella sintió inmediatamente que no quería.
Pero hizo lo habitual.
Intentó entrar en ese personaje.
Esta vez no pudo.
—Mauricio…
Él se detuvo.
—¿Qué pasa?
—No quiero.
Mauricio se apartó inmediatamente.
—Está bien.
Aquello debería haber terminado allí.
Pero Carolina comenzó a llorar.
Mauricio se incorporó.
—¿Te hice daño?
—No.
—Entonces, ¿qué pasó?
Carolina se cubrió el rostro.
—No sé cómo decírtelo.
Mauricio encendió la lámpara.
—Me estás asustando.
Ella respiró profundamente.
Y finalmente dijo:
—Hace tiempo que no disfruto como antes.
Mauricio quedó inmóvil.
—¿Cuánto tiempo?
Carolina no respondió.
—¿Cuánto, Caro?
—Meses.
La cara de Mauricio cambió.
—Pero tú…
No terminó la frase.
No necesitaba hacerlo.
Carolina sabía exactamente lo que estaba pensando.
—Sí.
—¿Fingías?
Ella asintió.
El silencio después de la verdad
Mauricio se levantó de la cama.
Caminó hasta la ventana.
Carolina podía ver su espalda.
—¿Todo este tiempo?
—No siempre.
—¿Cuántas veces?
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Porque dejé de contarlas.
Mauricio se giró.
Estaba herido.
—Entonces me mentiste.
—Sí.
Aquella respuesta lo sorprendió.
Carolina podría haber buscado una excusa.
No lo hizo.
—Te mentí.
—¿Por qué?
Carolina lo miró.
Y dijo la frase que llevaba meses guardando:
—Porque me daba más miedo decepcionarte que decepcionarme a mí misma.
Mauricio dejó de hablar.
La pregunta que cambió todo
Pasaron varios minutos.
Entonces Mauricio preguntó:
—¿Ya no te atraigo?
Carolina negó con la cabeza.
—No es eso.
—¿Hay alguien más?
—No.
—Entonces no entiendo.
Carolina respiró.
—Ese es el problema. Nunca hablamos de esto.
—Es que Yo siempre pensé que estábamos bien.
—Porque Yo te hice creer que estábamos bien.
Mauricio volvió a sentarse, aun su mente estaba en trance.
Carolina continuó:
—Hay días en que llego a la cama agotada. Otros en los que todavía estoy enojada contigo
por algo que ocurrió durante el día. A veces necesito sentirme cerca de ti antes de tener
ganas. Y otras veces simplemente no quiero.
Mauricio escuchaba.
—¿Y por qué nunca me lo dijiste?
Carolina sonrió con tristeza.
—Porque pensé que ibas a sentir que ya no te amaba.
—¿Y preferiste fingir?
—Sí.
—Eso duele.
—Lo sé.
Después Carolina dijo algo que dolió todavía más.
—A mí también.
El deseo no es una deuda
Durante mucho tiempo Carolina había confundido amor con disponibilidad.
Creía que amar a su pareja significaba estar dispuesta siempre.
Pero el deseo humano no funciona por obligación.
No aparece porque llevemos diez años casados.
No surge automáticamente porque nuestra pareja sea buena persona.
Y tampoco puede exigirse como prueba de amor.
El deseo puede verse afectado por el estrés, el cansancio, la dinámica de pareja, los
conflictos, la autoestima, las experiencias anteriores, determinados medicamentos, cambios
hormonales, problemas de salud y muchas otras circunstancias.
Pero Carolina no sabía nada de eso cuando comenzó a culparse.
Solo pensaba:
“Algo está mal conmigo.”
Y cuando una persona empieza a vivir la intimidad como una obligación, puede aparecer
algo todavía más peligroso:
empieza a evitar incluso los gestos de cariño.
Porque teme que un abrazo se convierta en una expectativa.
Que un beso tenga que continuar.
Que acostarse juntos implique necesariamente algo más.
Y entonces, intentando evitar sexo que no desea, también termina alejándose del afecto que
sí necesita.
Mauricio también tuvo que aprender algo
Durante los días siguientes estuvo distante.
No porque quisiera castigarla.
Estaba procesando.
Una noche se sentó junto a Carolina.
—Tengo una pregunta.
—Dime.
—¿Alguna vez sentiste que no podías decirme que no?
Carolina pensó.
—Tú nunca me obligaste.
Mauricio respiró aliviado.
Pero ella continuó:
—Aunque yo sí me obligué muchas veces.
La frase quedó flotando entre ambos.
Mauricio entendió entonces algo difícil:
que una persona puede aceptar un encuentro sexual y, aun así, estar desconectada de lo que
realmente desea.
Y que en una relación larga no basta con asumir que el consentimiento existe porque
“siempre lo hemos hecho”.
Había que seguir escuchándose.
Preguntándose.
Respetándose.
Conociéndose.
Empezaron de cero
Durante un tiempo quitaron la presión.
No existía la obligación de que cada acercamiento terminara en sexo.
Volvieron a abrazarse.
A besarse.
A acostarse juntos simplemente para conversar.
Carolina empezó a decir:
—Hoy no.
Y descubrió algo que durante años había temido.
El mundo no se acababa.
Mauricio podía responder:
—Está bien.
Y seguir queriéndola.
Pero también empezó a ocurrir algo inesperado.
Cuando Carolina dejó de sentir que tenía que hacerlo…
algunas veces comenzó a querer hacerlo.
No siempre.
No mágicamente.
Pero apareció nuevamente un espacio para el deseo.
Porque ya no estaba ocupado completamente por la obligación.
Una noche
Meses después, estaban acostados viendo una película.
Mauricio le acarició el cabello.
Carolina lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando raro.
Él sonrió.
—Estoy esperando.
—¿Esperando qué?
—A saber, qué quieres tú.
Carolina soltó una carcajada.
—Has aprendido.
—Estoy intentando.
Ella apagó el televisor.
Mauricio la miró.
—¿Segura?
Carolina se acercó.
—Sí.
Esta vez no necesitó interpretar ningún personaje.
No necesitó apresurarse.
No necesitó demostrar nada.
Y cuando Mauricio preguntó después:
—¿Estuvo bien?
Carolina sonrió.
—No vuelvas a preguntarme eso.
Él frunció el ceño.
—¿Entonces?
Ella tomó su mano.
—Pregúntame que me gustó.
Mauricio sonrió.
Y por primera vez comenzaron una conversación que debieron haber tenido muchos años
atrás.
AL DESNUDO
Hay mujeres y hombres que alguna vez fingieron placer.
Algunos para no herir.
Otros por vergüenza.
Otros porque no saben cómo explicar lo que necesitan.
Y algunos porque aprendieron que satisfacer a la pareja era más importante que escucharse
a sí mismos.
Pero fingir tiene un precio.
Si la otra persona cree que algo funciona, ¿cómo podría saber que necesitas algo
diferente?
Hablar de placer no debería ser una acusación.
Puede ser una invitación:
“Quiero que aprendamos a conocernos mejor.”
“Esto me gusta.”
“Esto no.”
“Hoy necesito cariño, pero no quiero sexo.”
“Quiero que vayamos más despacio.”
“No sé qué me pasa, pero quiero entenderlo.”
Y si el cambio en el deseo persiste o genera malestar, también puede ser importante buscar
ayuda profesional, cuando corresponda, también es importante descartar factores médicos.
Porque una relación sexual sana no consiste en actuar para que la otra persona crea que
todo está bien.
Consiste en tener suficiente confianza para decir cuando no lo está.
Carolina tardó meses en comprenderlo:
su cuerpo no era una deuda que debía pagar por ser amada.
Y Mauricio aprendió algo igual de importante:
un “no” no siempre significa “no te amo”.
A veces significa simplemente:
“Hoy no.”
Y poder decirlo sin miedo también es intimidad.
— Dalinda al Desnudo ��
Historias sobre aquello que muchos viven y pocos se atreven a decir.
PRÓXIMA HISTORIA
“Mi esposa dejó de buscarme… y terminé creyendo que el problema era mi cuerpo.”
Esta vez, quien contará la historia será un hombre.
Porque ellos también se miran al espejo preguntándose en silencio:
“¿Por qué ya no me desea?”
