Mi esposo quería hacerlo casi todos los días. Yo habría podido pasar semanas sin necesitarlo

Valeria comenzó a acostarse más tarde para evitar a su esposo.
Esperaba en la sala.
Miraba videos que ni siquiera le interesaban.
Ordenaba la cocina.
Contestaba mensajes.
Cualquier cosa.
A las once preguntaba:
—¿No vienes?
—En un rato.
A las once y media:
—Vale, mañana trabajas temprano.
—Ya voy.
Pero no iba.
Esperaba escuchar el silencio del dormitorio.
Después la respiración profunda de Andrés.
Solo entonces entraba.
Se cambiaba a oscuras.
Se acostaba lentamente.

Y respiraba aliviada.
No estaba evitando a su esposo porque hubiera dejado de amarlo.
Tampoco había otro hombre.
Ni siquiera había dejado de disfrutar completamente de la intimidad.
Lo que Valeria quería evitar era tener que volver a decir que no.
Porque Andrés quería sexo casi todos los días.
Ella podía pasar dos semanas sin siquiera pensarlo.
Y algo que al principio parecía una simple diferencia entre dos personas…
había empezado a destruirlos.
Al comienzo incluso bromeaban
—¿Otra vez? —decía Valeria riendo.
—¿Qué culpa tengo de que mi esposa me guste?
Andrés la abrazaba.
Ella sonreía.
Algunas veces aceptaba.
Otras decía:
—Hoy no.
Y no ocurría nada.
Pero con los años la diferencia se hizo más evidente.
Andrés podía desearla tres, cuatro o cinco veces durante una semana.
Valeria quizá una.
Algunas semanas ninguna.
Él empezó a preguntarse:

¿Qué está pasando?
Ella empezó a preguntarse:
¿Qué me pasa?
Y lentamente dejaron de hablar de deseo.
Empezaron a hablar de cantidades.
Andrés comenzó a contar
Valeria lo descubrió una noche.
—Hace nueve días.
Ella lo miró.
—¿Qué cosa?
—Que no hacemos nada.
Valeria dejó el teléfono.
—¿Estás contando?
—No estoy contando.
—Acabas de decir nueve días.
—Porque me acuerdo.
—Eso es contar, Andrés.
Él suspiró.
—Solo digo que ha pasado bastante tiempo.
Valeria sintió irritación.
—Para ti.
—¿Para ti nueve días no es mucho?
—No.

Andrés se quedó mirándola.
—¿Ves? Ese es el problema.
Aquella frase le dolió.
Ese es el problema.
Como si ella fuera el problema.
Empezó a decir que sí cuando quería decir que no
No siempre.
Pero algunas veces.
Porque sabía que Andrés estaría contento.
Porque no quería discutir.
Porque pensaba que una relación también significaba ceder.
Porque lo amaba.
Porque sentía culpa.
Porque llevaba días diciendo que no.
Porque él había preparado la cena.
Porque era su aniversario.
Porque estaban de vacaciones.
Porque…
porque…
porque…
Hasta que una noche se descubrió mirando el techo y pensando:
“Ojalá termine pronto.”
Aquella frase la asustó.

No por Andrés.
Por ella.
¿Cómo había llegado a sentir eso con el hombre al que amaba?
Andrés tampoco estaba bien
Cada rechazo se le iba acumulando.
Al principio podía aceptar:
—Hoy no tengo ganas.
Pero después de varios “hoy no”, comenzó a escuchar algo diferente.
No me gustas.
No te deseo.
No eres suficiente.
Valeria nunca decía ninguna de esas cosas.
Pero Andrés las escuchaba igual.
Empezó a mirarse al espejo.
Había aumentado de peso.
Quizá era eso.
Se arreglaba más.
Intentaba ser cariñoso.
Preparaba cenas.
Ayudaba más en casa.
Y cuando después intentaba acercarse y Valeria decía que no, algo dentro de él pensaba:
“¿Qué más tengo que hacer?”
Sin darse cuenta, Andrés empezó a convertir incluso sus buenos gestos en una especie de
inversión emocional.

Y Valeria comenzó a sentirlo.
Una noche él lavó toda la cocina
Después se acercó por detrás.
La abrazó.
Besó su cuello.
Valeria se tensó.
Andrés lo notó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Te pusiste dura.
—Estoy cansada.
Él se apartó.
—Claro.
El tono.
Valeria lo conocía perfectamente.
—¿Qué significa “claro”?
—Nada.
—Andrés.
—Ya sabía que ibas a decir que no.
—¡Ni siquiera me preguntaste!
—No necesito hacerlo.
Valeria se giró.
—Entonces, ¿para qué me abrazaste?

Él la miró confundido.
—Porque eres mi esposa.
—¿Querías abrazarme o querías sexo?
Silencio.
Andrés se molestó.
—¿Ahora tampoco puedo tocarte?
Valeria no respondió.
Pero aquella pregunta contenía un problema enorme.
Porque la verdad era:
Valeria ya no sabía cómo recibir una caricia de su esposo sin preguntarse qué tendría
que ocurrir después.
Dejó de besarlo
No conscientemente.
Simplemente ocurrió.
Antes podía sentarse sobre sus piernas.
Abrazarlo mientras cocinaba.
Darle un beso largo sin motivo.
Dormir pegada a él.
Dejó de hacerlo.
Porque había aprendido que muchas veces Andrés interpretaba esos gestos como una
invitación.
Y ella no quería iniciar algo que después tendría que detener.
Andrés sintió todavía más distancia.
Así que empezó a buscarla más.

Valeria sintió más presión.
Entonces se alejaba más.
Él buscaba más.
Ella huía más.
Cuanto más intentaba Andrés recuperar la intimidad, más lejos se sentía Valeria.
Y ninguno entendía por qué.
Hasta aquella noche
Andrés la estaba esperando en la cama.
Valeria entró pasada la medianoche.
—¿Otra vez?
Ella se detuvo.
—¿Otra vez qué?
—Esperaste que me durmiera.
—Estaba viendo una serie.
—Ni siquiera te gustan esas series.
Valeria dejó el teléfono.
—No quiero discutir.
—Yo tampoco.
—Entonces durmamos.
Andrés apagó la lámpara.
Pasaron unos segundos.
Después dijo:
—Ya entendí.

—¿Qué?
—Simplemente no me deseas.
Valeria sintió rabia.
Pero detrás de la rabia había tristeza.
—No digas eso.
—¿Qué quieres que piense?
—Que no tengo las mismas ganas que tú.
—Eso es una manera bonita de decirlo.
Valeria encendió la luz.
—¿Sabes qué? Hablemos.
Andrés se incorporó
—Perfecto.
—¿Quieres saber por qué me acuesto tarde?
—Porque me evitas.
—Sí.
La respuesta lo golpeó.
Valeria continuó:
—Te evito.
—Gracias.
—Pero no por la razón que crees.
Andrés no respondió.
Valeria respiró profundamente.
—Me acuesto tarde porque estoy cansada de entrar a nuestra habitación preguntándome si
hoy también tendré que rechazarte.

Él frunció el ceño.
—Yo no te obligo.
—No dije que me obligaras.
—Entonces no entiendo.
Y Valeria pronunció finalmente aquello que llevaba meses intentando explicar incluso para
sí misma:
—Dejé de abrazarte porque tengo miedo de que cada abrazo venga con una
expectativa.
Andrés quedó completamente quieto.
—Eso no es justo
—Lo sé.
—Yo puedo abrazarte sin querer sexo.
Valeria lo miró.
—¿Siempre?
Andrés abrió la boca.
No respondió.
—Exactamente.
—¿Y qué tiene de malo que me den ganas?
—Nada.
—Entonces…
—¡Que a mí me hace sentir que no puedo acercarme a ti sin abrir una puerta que después
tendré que cerrar!
Silencio.
Andrés nunca lo había visto de esa manera.
Valeria comenzó a llorar.

—Extraño abrazarte.
Aquella frase lo desarmó.
—Entonces abrázame.
—No entiendes.
—Explícame.
—Extraño poder besarte sin pensar: “Ahora va a querer más”.
Andrés bajó la mirada.
Entonces él también dijo su verdad
—¿Quieres saber cómo me siento yo?
—Sí.
—Como un mendigo.
Valeria dejó de llorar.
—¿Qué?
—Siento que estoy pidiendo todo el tiempo.
Su voz cambió.
—¿Sabes lo humillante que es acercarte a la persona que amas y pensar antes de tocarla:
“Seguro me va a rechazar”?
Valeria guardó silencio.
—A veces ni siquiera quiero solamente sexo.
—Entonces ¿qué quieres?
Andrés tardó en responder.
—Sentir que todavía me deseas.
Ahí apareció el verdadero problema.
Para Andrés, el sexo se había convertido en una confirmación:

“Todavía soy deseado.”
Para Valeria, se había convertido en una presión:
“Otra vez tengo que decidir si digo sí o no.”
Estaban hablando del mismo acto.
Pero emocionalmente significaba cosas completamente diferentes para cada uno.
—¿Cuánto sería suficiente para ti?
Preguntó Valeria.
—No sé.
—¿Todos los días?
—No necesariamente.
—¿Cuatro veces por semana?
Andrés se encogió de hombros.
—Quizá.
Valeria soltó una pequeña carcajada.
—Para mí eso es muchísimo.
—¿Una vez?
—Algunas semanas sí.
—¿Y otras?
—Ninguna.
Andrés la miró.
No con rabia.
Con miedo.
—No sé si puedo vivir así.

La frase dolió.
Pero Valeria agradeció que finalmente fuera honesto.
—Y yo no sé si puedo vivir sintiendo que tengo que hacerlo cuatro veces por semana para
que tú estés bien.
Por primera vez dejaron de intentar decidir quién tenía razón.
Porque quizá ninguno la tenía.
No existe una cantidad universal “normal”
Las parejas pueden tener niveles de deseo sexual muy diferentes.
Y esa diferencia no significa automáticamente que alguien tenga un problema.
La persona con mayor deseo no es necesariamente obsesiva.
La persona con menor deseo no es necesariamente fría.
El conflicto aparece cuando las diferencias empiezan a interpretarse moralmente:
“Si me amaras, querrías.”
“Solo piensas en sexo.”
“Nunca tienes ganas.”
“Me presionas.”
“Me rechazas.”
Entonces dejamos de hablar de deseo.
Y empezamos a atacarnos.
Además, el deseo no siempre aparece de la misma manera en todas las personas.
Para algunas surge espontáneamente.
Para otras puede aparecer después de sentirse relajadas, conectadas, acariciadas o
emocionalmente presentes.
Y puede variar a lo largo de la vida.

No somos máquinas con una frecuencia programada.
Hicieron un acuerdo extraño
Durante dos semanas, Andrés no iniciaría ningún encuentro sexual.
Ninguno.
Valeria lo miró sorprendida cuando lo propuso.
—¿Por qué?
—Porque quiero que puedas volver a acercarte sin miedo.
—¿Y tú?
—Me voy a aguantar.
Ella rio.
—Qué romántico.
—Estoy haciendo mi mejor esfuerzo.
Pero establecieron otra regla:
Valeria podía iniciar cuando quisiera.
Y cualquier abrazo podía ser solamente un abrazo.
Cualquier beso podía terminar en un beso.
No había obligación de continuar.
El primer cambio ocurrió tres días después
Andrés estaba cocinando.
Valeria pasó por detrás.
Lo abrazó.
Él sintió inmediatamente algo que llevaba meses extrañando.
Puso las manos sobre las de ella.

Nada más.
Valeria esperó.
Andrés no intentó girarse.
No llevó el abrazo a otro lugar.
No convirtió el momento en una invitación.
Después de unos segundos ella preguntó:
—¿Eso es todo?
Él sonrió.
—Eso es todo.
Valeria apoyó la cabeza sobre su espalda.
Permanecieron así.
Y algo diminuto empezó a reconstruirse.
Seguridad.
Una semana después
Estaban viendo televisión.
Valeria lo besó.
Un beso largo.
Andrés respondió.
Después se apartó.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Qué?
—Nada.
—¿No vas a…?

—Tenemos un trato.
Valeria sonrió.
—Hoy puedes romperlo.
Andrés la miró.
—¿Segura?
—Sí.
Y ocurrió algo que Valeria llevaba mucho tiempo sin sentir.
Había sido ella quien había elegido.
No estaba accediendo.
No estaba evitando una discusión.
No estaba cumpliendo.
Lo quería.
Eso no significó que a partir de entonces su deseo igualara al de Andrés.
No ocurrió.
Probablemente nunca ocurriría.
Pero empezaron a encontrar otra manera de relacionarse con aquella diferencia.
También aprendieron a negociar sin llevar una calculadora
No establecieron:
lunes, miércoles y viernes.
No convirtieron la intimidad en una cuota.
Hablaron de necesidades.
De afecto.
De rechazo.

De masturbación.
De cansancio.
De momentos en los que Valeria necesitaba conexión antes de que apareciera el deseo.
Y de momentos en los que simplemente no aparecería.
Andrés aprendió que un “no” podía significar:
“Hoy no quiero sexo.”
Sin significar:
“No te deseo como hombre.”
Valeria aprendió que para Andrés sentirse sexualmente buscado tenía un componente
emocional profundo.
No tenía que acceder cuando no quería.
Pero podía entender lo que existía detrás de su tristeza.
Hubo recaídas
Porque las relaciones reales no se arreglan en una conversación.
Una noche Andrés intentó acercarse.
Valeria dijo:
—Hoy no.
Él suspiró.
Ella inmediatamente se molestó.
—Ahí está otra vez.
—¿Qué?
—Ese suspiro.
—¡Solo suspiré!
—Ese suspiro me hace sentir culpable.

—¿Y ahora tengo que fingir que no me decepciona?
Se quedaron callados.
Andrés tenía razón en algo.
Él también podía sentirse decepcionado.
Respetar un “no” no significaba que tuviera prohibido sentir.
Lo importante era qué hacía con esa emoción.
—Estoy decepcionado —dijo finalmente—, pero no estoy enojado contigo.
Valeria lo miró.
—Eso sí puedo entenderlo.
—¿Me abrazas?
Ella sonrió.
—Eso sí quiero.
Y se abrazaron.
Sin premio.
Sin castigo.
Sin deuda.
Meses después
Una noche estaban acostados.
Andrés leía.
Valeria se acercó y apoyó una pierna sobre él.
Andrés siguió leyendo.
Ella lo miró.
—Oye.

—¿Qué?
—¿No vas a interpretar mi pierna como una señal?
Él bajó el libro.
—He evolucionado.
Valeria rio.
—Impresionante.
Andrés volvió a leer.
Pasaron unos segundos.
—Aunque si quieres que la interprete…
Valeria le lanzó una almohada.
—¡Andrés!
Ambos comenzaron a reír.
Y esa risa decía algo que meses atrás parecía imposible:
podían volver a hablar de deseo sin que cada conversación terminara en una herida.
AL DESNUDO
Quizá tú eres Andrés.
Quieres más.
Te acercas.
Buscas.
Y cada “no” comienza a sentirse como una pequeña confirmación de que ya no eres
deseado.
O quizá eres Valeria.
Quieres menos.
Y cada acercamiento empieza a sentirse como una pregunta que estás cansada de responder.

Entonces ocurre algo peligroso:
quien desea más empieza a perseguir conexión a través del sexo.
Y quien desea menos empieza a evitar incluso el cariño para no generar expectativas
sexuales.
Uno persigue.
El otro se aleja.
Y cuanto más se aleja uno…
más persigue el otro.
Hasta que ambos terminan sintiéndose rechazados.
Solo de maneras diferentes.
No siempre existe una frecuencia perfecta que resuelva una discrepancia de deseo.
Puede ser necesario hablar sobre qué significa el sexo para cada persona, qué despierta el
deseo, qué lo apaga, qué formas de intimidad necesitan y qué acuerdos pueden construir sin
que nadie sienta que su cuerpo se convirtió en una obligación.
Cuando la diferencia genera sufrimiento persistente, también puede ser útil buscar
acompañamiento profesional especializado en pareja o sexualidad.
Pero hay algo que ninguna cifra solucionará:
nadie debería tener que demostrar amor entregando su cuerpo cuando no quiere.
Y nadie debería ser ridiculizado simplemente por desear más conexión sexual con su
pareja.
Andrés necesitaba aprender que el deseo de Valeria no podía exigirse.
Valeria necesitaba comprender que el dolor de Andrés tampoco era absurdo.
No necesitaban encontrar quién estaba equivocado.
Necesitaban dejar de convertir sus diferencias en acusaciones.
Porque algunas parejas no dejan de amarse por falta de sexo.
Se empiezan a romper cuando uno termina sintiéndose presionado…

y el otro, indeseado.
Y ambos dejan de sentirse seguros para decir la verdad.
— Dalinda al Desnudo ��
Historias sobre aquello que muchos viven y pocos se atreven a decir.
PRÓXIMA HISTORIA
“Encontré a mi esposo masturbándose y sentí que me estaba siendo infiel.”
Mariana no podía entenderlo.
La noche anterior ella había intentado acercarse y él le había dicho:
—Estoy cansado.
Menos de veinticuatro horas después lo descubrió solo.
No dijo nada.
Cerró la puerta.
Y pasó los siguientes días preguntándose:
“Si me tiene a mí… ¿por qué prefiere hacerlo solo?”
Cuando finalmente se atrevió a preguntárselo, la respuesta de Julián fue todavía más difícil
de entender:
—Porque cuando estoy solo, no siento que tenga que demostrarle nada a nadie.

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