Mi esposo me pidió permiso para acostarse con otra mujer

—Quiero acostarme con otra mujer.
Verónica dejó el tenedor sobre el plato.
No preguntó si había escuchado bien.
Había escuchado perfectamente.
Frente a ella estaba Esteban, el hombre con quien llevaba catorce años casada, mirando un
vaso de vino como si acabara de preguntarle qué quería cenar al día siguiente.
—¿Qué dijiste?
Esta vez necesitaba escucharlo otra vez.
Esteban levantó la mirada.
—No quiero engañarte.
—Qué considerado.
—Déjame terminar.
—¿Hay alguien?
—No.
—¿Me estás diciendo que quieres acostarte con una desconocida?
—No exactamente.
Verónica sintió que el estómago se le cerraba.
—Entonces sí hay alguien.
Esteban negó.

—No hay una persona específica.
—¿Entonces qué hay?
Él respiró profundamente.
—Una fantasía.
Verónica lo miró durante varios segundos.
Después se levantó de la mesa.
—Pues disfruta tu fantasía.
Y se encerró en el dormitorio.
Lo que Esteban no sabía era que acababa de abrir una puerta que Verónica llevaba once
años intentando mantener cerrada.
Porque ella también tenía una fantasía.
Y jamás se había atrevido a contársela.
Esa noche durmieron separados
Esteban se quedó en el sofá.
Verónica no durmió.
Estaba furiosa.
¿Cómo podía decirle algo así?
¿Ya no era suficiente?
¿Se había cansado de su cuerpo?
¿Llevaba años pensando en otras mujeres mientras estaba con ella?
Cada pregunta daba origen a otra.
Hasta que apareció una que la incomodó profundamente:
“¿Y tú nunca has pensado en otro hombre?”
Verónica cerró los ojos.

La respuesta apareció demasiado rápido.
Sí.
Y no una vez.
Había una fantasía que regresaba desde hacía años.
No tenía nombre.
No tenía siempre el mismo rostro.
A veces ni siquiera era una persona concreta.
Era simplemente otro hombre.
Un desconocido.
Alguien que no supiera que ella era esposa.
Que no conociera sus responsabilidades.
Que no supiera cómo se veía recién levantada.
Alguien ante quien pudiera ser solamente una mujer.
Nunca lo había hecho realidad.
Nunca había intentado hacerlo.
Pero lo había imaginado.
Y aquella noche, mientras juzgaba a Esteban por pronunciar su fantasía en voz alta,
Verónica tuvo que reconocer algo incómodo:
ella también tenía una.
La diferencia era que la suya seguía escondida.
A la mañana siguiente
Esteban estaba preparando café.
Verónica entró.
—Tenemos que hablar.

Él dejó la taza.
—Lo sé.
—Primero quiero saber algo.
—Pregunta.
—¿Ya elegiste a la mujer?
—Te dije que no.
—¿Entonces por qué quieres hacerlo?
Esteban pensó antes de responder.
—Porque nunca he estado con otra persona desde que estamos juntos.
Verónica sintió una punzada.
—¿Y eso es un problema?
—No.
—Entonces no entiendo.
—No dije que fuera un problema.
—Esteban, quieres acostarte con otra mujer. Evidentemente algo pasa.
Él suspiró.
—Tengo curiosidad.
Aquella palabra la enfureció todavía más.
—¿Curiosidad?
—Sí.
—¿Catorce años juntos y ahora tienes curiosidad?
—Precisamente porque llevamos catorce años juntos pensé que podía hablarlo contigo en
lugar de hacerlo a escondidas.
Verónica se quedó callada.

No porque estuviera de acuerdo.
Sino porque aquella frase la obligó a pensar.
¿Era peor desearlo o decirlo?
Durante años había creído que una pareja sólida no debía sentir interés por nadie más.
Que cuando realmente amas, los demás desaparecen.
Que casarse significaba apagar automáticamente cualquier fantasía que involucrara a otra
persona.
Pero su propia mente demostraba lo contrario.
Verónica amaba a Esteban.
Lo deseaba.
No quería perderlo.
Y aun así, algunas veces su imaginación había construido escenarios donde él no estaba.
Nunca había considerado aquello una traición porque permanecía en su cabeza.
Pero ahora Esteban había hecho algo diferente.
Había llevado una fantasía hasta la mesa de la cocina.
Y le había pedido que la mirara de frente.
Pasaron varios días
No volvieron a hablar del tema.
Pero algo había cambiado.
Verónica empezó a observar a Esteban.
Cuando estaban juntos se preguntaba:
¿Estará pensando en otra?
Cuando él miraba su teléfono:
¿Ya habrá encontrado a alguien?

Cuando hacían el amor, aparecía la peor pregunta:
¿Estará imaginando que soy ella?
La fantasía de Esteban había entrado en su cama sin que ninguna otra mujer hubiera
cruzado la puerta.
Finalmente, una noche, Verónica no pudo más.
—Necesito saber qué quieres exactamente.
Esteban apagó el televisor.
—No lo sé.
—Eso no me sirve.
—Por eso quería hablarlo.
—¿Quieres una relación abierta?
—No.
—¿Quieres que yo también esté con otro hombre?
Esteban hizo una pausa.
Demasiado larga.
Verónica lo notó.
—Ah.
—¿Qué?
—Eso no te gustó.
—No dije eso.
—Tu cara sí.
Esteban sonrió incómodo.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Verónica empezó a reír.

—¿Qué pasa?
—Que eres increíble.
—¿Por qué?
—Quieres permiso para estar con otra mujer, pero casi te da algo cuando mencioné otro
hombre.
Esteban se quedó callado.
—Tienes razón.
Por lo menos lo reconoció.
Entonces Verónica decidió desnudar algo que no era su cuerpo
—Yo también he fantaseado con otro hombre.
Esteban dejó de sonreír.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste.
—¿Con quién?
Verónica sintió una satisfacción ligeramente culpable.
—¿Ves?
—¿Qué cosa?
—Hace cinco segundos hablábamos tranquilamente de tus fantasías. Ahora que apareció la
mía necesitas nombre y apellido.
—Solo pregunté.
—Y yo te estoy respondiendo: no es alguien específico.
Esteban guardó silencio.
—¿Desde cuándo?
Verónica lo miró.

—Once años.
Su rostro cambió.
—¿Once?
—Sí.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—No.
—¿Por qué?
Ahí estaba.
La pregunta que ella sabía que algún día tendría que responder.
Porque tenía miedo de dejar de ser “la buena esposa”
Verónica había aprendido muy temprano que existían cosas que una mujer podía sentir y
otras que debía guardar.
Podía querer sexo.
Pero no demasiado.
Podía tener iniciativa.
Pero sin parecer demasiado atrevida.
Podía disfrutar.
Pero había fantasías que, según todo lo que había aprendido, una mujer casada simplemente
no debía tener.
Así que cuando aparecían, las escondía.
—Pensé que si te lo decía ibas a mirarme diferente.
Esteban frunció el ceño.
—¿Diferente cómo?
—Como si fuera menos fiel.

—Pero nunca hiciste nada.
—No.
—Entonces…
—Ese es exactamente el punto.
Verónica lo miró.
—Tú tampoco hiciste nada todavía. Y yo llevo días tratándote como si ya me hubieras
engañado.
Ambos quedaron en silencio.
Una fantasía no es necesariamente un plan
La imaginación sexual humana no siempre funciona como una lista de cosas que queremos
realizar.
Podemos fantasear con situaciones que jamás elegiríamos vivir.
Con personas con las que nunca tendríamos una relación.
Con dinámicas que solo nos resultan interesantes precisamente porque existen en nuestra
imaginación.
Y tener una fantasía no significa automáticamente estar insatisfecho con la pareja.
Tampoco significa que deseemos llevarla a la realidad.
Pensar no es lo mismo que hacer.
Pero hablar de fantasías dentro de una pareja puede tocar inseguridades muy profundas.
¿No soy suficiente?
¿Me compara?
¿Quiere reemplazarme?
¿Está aburrido de mí?
Por eso la conversación necesita algo más que valentía.
Necesita respeto.

Y límites.
—Entonces dime la verdad
Esteban estaba sentado frente a Verónica.
—¿Tú quisieras hacerlo?
Ella entendió la pregunta.
—¿Estar con otro hombre?
—Sí.
Verónica pensó.
Podía mentir.
Pero ya habían llegado demasiado lejos.
—A veces la idea me excita.
Esteban apartó la mirada.
Ella tomó su mano.
—No he terminado.
Él volvió a mirarla.
—Que algo me excite en mi imaginación no significa que quiera vivirlo.
—¿Nunca?
—Hoy, no.
—¿Y mañana?
Verónica sonrió.
—No puedo prometerte qué pensará mi cabeza dentro de diez años. Sí puedo decidir qué
hago con ella hoy.
Esteban permaneció callado.
Aquella respuesta no era romántica.

Pero era real.
Ahora era el turno de ella
—¿Y tú?
Esteban respiró profundamente.
—Creo que me excita más la posibilidad que hacerlo realmente.
Verónica frunció el ceño.
—Explícate.
—Desde que te lo dije llevo imaginando todo lo que podría perder por vivir algo que quizá
dure una noche.
Ella no dijo nada.
—Y después me contaste que tú también fantaseabas con otro hombre.
—¿Y?
Esteban soltó una pequeña risa.
—Descubrí que mi mente es mucho más liberal cuando la fantasía es mía.
Verónica se rio.
—Por fin estamos de acuerdo en algo.
Entonces hicieron algo que nunca habían hecho
Hablaron de sus fantasías.
No para cumplirlas.
No para juzgarlas.
Simplemente para conocerse.
Algunas les dieron risa.
Otras vergüenza.
Hubo cosas que Verónica decidió no contar.

Y Esteban también.
Porque intimidad no significa perder el derecho a tener un mundo interior propio.
Pero descubrieron algo inesperado.
Después de catorce años juntos todavía existían conversaciones capaces de ponerlos
nerviosos.
Todavía podían sorprenderse.
Todavía había partes del otro que desconocían.
Y aquella noche, por primera vez en muchísimo tiempo, no hablaron de hijos.
Ni cuentas.
Ni trabajo.
Hablaron como hombre y mujer.
La propuesta de Esteban desapareció
Días después Verónica preguntó:
—¿Y qué pasó con la otra mujer?
—¿Cuál?
—No te hagas.
Esteban sonrió.
—Ya no quiero hacerlo.
—¿Por qué?
Él pensó unos segundos.
—Porque creo que estaba buscando novedad.
—¿Y?
—Descubrí que todavía había muchas cosas que no conocía de ti.
Verónica sonrió.

—No te emociones demasiado.
—Once años ocultándome cosas…
—Fantasías, Esteban.
—Peor.
Ella le lanzó un cojín.
Ambos rieron.
Pero después Verónica se puso seria.
—Prométeme algo.
—¿Qué?
—Si algún día vuelves a querer cambiar nuestros acuerdos, me lo dices antes de romperlos.
Esteban asintió.
—Tú también.
—Yo también.
No prometieron nunca sentir atracción por nadie más.
No prometieron controlar cada pensamiento.
Prometieron algo mucho más posible:
ser responsables de lo que decidieran hacer con ellos.
AL DESNUDO
Hay una pregunta que pocas parejas se atreven a hacerse:
¿Se puede amar a alguien y fantasear sexualmente con otra persona?
Sí, puede ocurrir.
Y reconocerlo no convierte automáticamente a nadie en infiel.
Nuestra imaginación y nuestras decisiones no son la misma cosa.

Lo importante es no utilizar una fantasía como excusa para romper acuerdos que nunca
fueron renegociados.
Porque cada pareja construye sus propios límites.
Para algunas, determinadas conductas son aceptables.
Para otras no.
No existe una conversación universal que sustituya a esta:
“¿Qué significa fidelidad para nosotros?”
No lo que dice tu amiga.
No lo que viste en redes.
No lo que supones que tu pareja piensa.
Para ustedes.
Verónica pasó once años avergonzándose de una fantasía que jamás había convertido en
acción.
Esteban estuvo a punto de convertir la suya en una propuesta real.
Y cuando finalmente hablaron, descubrieron que el verdadero peligro no estaba
necesariamente en imaginar.
Estaba en no saber qué hacer con aquello que imaginaban.
Porque podemos amar profundamente a una persona y seguir teniendo una mente capaz de
fantasear.
La fidelidad no consiste en quedarse ciego ante el resto del mundo.
Consiste, entre otras cosas, en decidir qué límites queremos respetar cuando nuestros ojos
—o nuestra imaginación— inevitablemente descubren que el mundo sigue lleno de otras
personas.
Y quizá la pregunta más incómoda no sea:
“¿Alguna vez has fantaseado con alguien que no soy yo?”
Quizá sea:

“¿Podrías escuchar mi respuesta sin dejar de verme como la persona que amas?”
— Dalinda al Desnudo ��
Historias sobre aquello que muchos viven y pocos se atreven a decir.
PRÓXIMA HISTORIA
“Amo a mi esposo… pero cuando cierro los ojos, a veces aparece otro hombre.”
Andrea estaba convencida de que aquella fantasía no significaba nada.
Hasta que una tarde entró a una cafetería…
y encontró sentado frente a ella al hombre que llevaba meses apareciendo en su
imaginación.
Él la reconoció.
Sonrió.
Y dijo solamente:
—Pensé que nunca ibas a venir.

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