Mi marido dejó de tocarme después de verme desnuda con la luz encendida

La última vez que Samuel vio completamente desnuda a Claudia, apagó la luz y no
volvió a buscarla durante ocho meses.
Ella nunca olvidó aquella noche.
Había comprado ropa interior nueva.
Negra.
Nada demasiado atrevido.
Solo quería sorprenderlo.
Llevaban trece años juntos y Claudia estaba cansada de hacer el amor siempre de la misma
manera:
de noche,
con poca luz,
rápido,
cansados,
como si incluso el deseo tuviera que entrar en la agenda.
Así que encendió la lámpara.
Samuel entró al dormitorio.
La vio.
Se quedó quieto.
Claudia sonrió.

—¿Qué?
Samuel desvió la mirada.
—Nada.
Ella se acercó.
—¿No te gusta?
—Claro que sí.
Pero algo había cambiado.
Samuel apagó la lámpara.
—Así mejor.
Aquellas dos palabras se quedaron viviendo dentro de Claudia durante ocho meses.
“Así mejor.”
Al principio intentó ignorarlo
Aquella noche estuvieron juntos.
Pero Claudia sintió que Samuel evitaba mirarla.
No quiso pensar demasiado.
Días después intentó acercarse nuevamente.
—Estoy cansado.
Otra noche:
—Mañana tengo que levantarme temprano.
Después:
—Me duele la cabeza.
Claudia hasta se rio la primera vez.
—¿Ahora esa excusa la usas tú?

Samuel sonrió.
Pero no se acercó.
Pasaron semanas.
Y Claudia comenzó a recordar aquella noche.
La luz.
Su cuerpo.
La expresión de Samuel.
Así mejor.
Entonces hizo algo que muchas personas hacen cuando alguien deja de desearlas:
empezó a buscar defectos en el espejo.
Claudia había cambiado
Tenía 41 años.
Su cuerpo ya no era exactamente el de los 28.
Había subido de peso.
Sus senos habían cambiado.
Tenía estrías.
La piel del abdomen ya no era igual.
Ella sabía todo eso.
Lo que nunca había pensado era que Samuel pudiera dejar de desearla por ello.
Hasta aquella noche.
Empezó a cambiarse de ropa con la puerta cerrada.
Se envolvía rápidamente en la toalla después de ducharse.
Si Samuel entraba mientras se vestía, Claudia se cubría.

Él lo notó.
—¿Qué haces?
—Nada.
—¿Por qué te tapas?
Claudia estuvo a punto de responder:
“Porque tú me enseñaste a hacerlo.”
Pero dijo:
—Tengo frío.
Compró una faja
Después otra.
Comenzó una dieta.
Dejó el pan.
Dejó los postres.
Después empezó a entrenar.
Samuel la felicitó.
—Estás muy disciplinada.
Claudia escuchó otra cosa:
“Por fin estás haciendo algo con tu cuerpo.”
No era lo que él había dicho.
Pero cuando estamos heridos, algunas veces escuchamos nuestras inseguridades con la voz
de la persona que amamos.
Tres meses después Claudia había bajado varios kilos.
Una noche salió del baño usando solamente una camiseta larga.
Samuel estaba acostado.

Ella dejó caer la camiseta.
Esperó.
Samuel la miró.
Y nuevamente apartó los ojos.
Claudia sintió que algo se rompía.
Se vistió.
No dijo nada.
Aquella noche lloró en silencio.
—¿Hay otra mujer?
La pregunta salió durante el desayuno.
Samuel casi se atragantó.
—¿Qué?
—¿Hay alguien?
—No.
—Mírame.
Samuel la miró.
—No hay nadie.
—Entonces dime qué pasa.
—Nada.
Claudia soltó la taza.
—¡Deja de decir nada!
Samuel se quedó inmóvil.
—Hace meses que no me tocas.

—No es verdad.
—¿Cuándo fue la última vez?
Él no respondió.
—Exactamente.
Samuel intentó tomarle la mano.
Claudia la retiró.
—Desde aquella noche.
—¿Qué noche?
Aquello dolió todavía más.
Para Claudia había sido una noche que llevaba meses recordando.
Para Samuel parecía no significar nada.
—La noche de la ropa interior negra.
Su expresión cambió.
Sí recordaba.
—Encendí la luz. Me viste desnuda. La apagaste y dijiste “así mejor”.
Samuel cerró los ojos.
—Claudia…
—No. Quiero que me digas la verdad.
—No es lo que piensas.
—¿Ya no te gusta mi cuerpo?
—Claro que sí.
—Entonces mírame.
Claudia se levantó.

Se quitó la bata.
Quedó frente a él en ropa interior.
—Mírame.
Samuel bajó los ojos.
Claudia sintió que la humillación le quemaba el pecho.
—Gracias.
Tomó la bata.
Y salió.
Después de eso dejaron de hablar del tema
Pasaron otros meses.
Vivían juntos.
Comían juntos.
Veían series.
Iban a reuniones familiares.
Dormían en la misma cama.
Pero ya no se desnudaban emocionalmente.
Y mucho menos físicamente.
Claudia empezó a preguntarse si debía irse.
No quería pasar el resto de su vida sintiéndose tolerada por el hombre que antes la hacía
sentirse deseada.
Hasta que una madrugada se despertó.
Samuel no estaba.
Eran las 3:14.
Escuchó un ruido.

Venía del baño.
Caminó hasta la puerta.
Estaba cerrada.
—Samuel.
Nada.
—¿Estás bien?
Silencio.
Después escuchó algo que jamás esperaba.
Su marido estaba llorando.
—Abre la puerta
—Vuelve a dormir.
—Samuel, abre.
—Por favor.
—No me voy.
Pasaron varios segundos.
Finalmente la puerta se abrió.
Samuel estaba sentado en el suelo.
Claudia nunca lo había visto llorar así.
—¿Qué pasó?
Él negó con la cabeza.
—Nada.
—No vuelvas a decirme nada.
Samuel respiró.

—No puedo.
Claudia se sentó frente a él.
—¿No puedes qué?
Él levantó los ojos.
Y pronunció una frase que ella nunca habría imaginado:
—No puedo soportar que me veas desnudo.
Claudia se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Samuel se levantó la camiseta
Ella miró.
Había visto su cuerpo miles de veces.
Pero esta vez él señaló una zona de su abdomen.
—Mira.
—¿Qué tengo que mirar?
—Esto.
Samuel había subido bastante de peso durante los últimos años.
Claudia lo sabía.
Nunca le había importado.
—Samuel…
—No es solamente eso.
Se miró al espejo.
—Mírame.
Claudia lo hizo.

—Estoy viejo.
—Tienes 45 años.
—Exactamente.
—Eso no es viejo.
—Para ti.
Samuel comenzó a hablar.
Había perdido cabello.
Había ganado peso.
Su cuerpo había cambiado.
Pero eso no era lo peor.
Desde hacía meses se sentía inseguro sexualmente.
Algunas veces su cuerpo no respondía como esperaba.
Otras tardaba más.
Y había empezado a anticipar que ocurriría nuevamente.
La luz lo hacía sentirse expuesto.
Observado.
Evaluado.
—Aquella noche no apagué la luz para no verte.
Claudia dejó de respirar.
—La apagué para que tú no me vieras a mí.
Ocho meses
Ocho meses.
Claudia había pasado ocho meses castigando su cuerpo por una frase que jamás había
significado lo que ella creyó.

—¿Por qué no me dijiste?
Samuel se limpió las lágrimas.
—Porque me daba vergüenza.
—¿Vergüenza conmigo?
—Sobre todo contigo.
—¿Por qué?
Él soltó una pequeña risa.
—Porque todavía me importaba gustarte.
Aquella respuesta terminó de romperla.
Claudia comenzó a llorar.
Samuel la miró confundido.
—¿Qué pasa?
—Bajé nueve kilos.
—¿Qué?
—Nueve.
—Pero pensé que lo hacías porque querías sentirte mejor.
—Lo hacía para que volvieras a tocarme.
Samuel cerró los ojos.
Claudia continuó:
—Me compré fajas. Dejé de comer cosas que me encantaban. Dejé de desnudarme frente a
ti. Llegué a odiar verme en el espejo.
Samuel se acercó.
—Cielo…
—Todo porque pensé que ya no soportabas mirarme.

Y entonces ambos comprendieron la dimensión de lo que había ocurrido.
Dos personas escondiéndose del mismo espejo
Claudia llevaba meses apagando su cuerpo.
Samuel también.
Ella pensaba:
“No soy suficientemente atractiva.”
Él pensaba:
“Ya no soy suficientemente hombre.”
Ella evitaba desnudarse porque creía que él no quería verla.
Él evitaba la intimidad porque tenía miedo de que ella lo mirara demasiado.
Ambos habían confundido la inseguridad del otro con rechazo.
Y mientras tanto…
el deseo estaba atrapado debajo de toneladas de vergüenza.
La imagen corporal también entra en la cama
Cuando hablamos de inseguridad corporal solemos pensar inmediatamente en mujeres.
Pero muchos hombres también mantienen relaciones difíciles con su cuerpo.
Solo que no siempre hablan de ellas.
El abdomen.
El cabello.
La musculatura.
El envejecimiento.
El tamaño de determinadas partes del cuerpo.
El rendimiento sexual.

La erección.
La resistencia.
La comparación con otros hombres.
Pueden existir preocupaciones profundas detrás de una persona que aparentemente está
completamente segura de sí misma.
Y también ocurre algo parecido con muchas mujeres.
El cuerpo cambia.
Pero seguimos comparándolo con una fotografía mental de cómo “debería” verse.
Entonces la intimidad deja de ser un lugar para sentir.
Y se convierte en un escenario desde el que creemos estar siendo observados.
¿Se verá mi barriga?
¿Notará esto?
¿Estará comparándome?
¿Le seguiré gustando?
Y mientras nuestra cabeza está ocupada evaluando el cuerpo…
es mucho más difícil habitarlo.
Claudia hizo una pregunta
—¿Todavía me deseas?
Samuel respondió inmediatamente.
—Muchísimo.
Ella rio entre lágrimas.
—Pues tienes una manera terrible de demostrarlo.
Él también se rio.
—Lo sé.

Después Samuel preguntó:
—¿Y tú?
—¿Qué?
—¿Todavía me deseas?
Claudia lo miró.
Durante ocho meses había estado tan concentrada en preguntarse si ella seguía siendo
deseable que nunca imaginó que Samuel necesitara escuchar exactamente lo mismo.
—Sí.
Él bajó la mirada.
—No parece.
Claudia entendió.
Los dos habían estado esperando la misma confirmación.
No hicieron el amor aquella madrugada
Y nuevamente quiero decirlo porque importa.
No todas las conversaciones íntimas necesitan terminar en sexo para demostrar que
funcionaron.
Claudia se quedó sentada en el suelo del baño con Samuel.
Hablaron.
De sus cuerpos.
Del envejecimiento.
De sus miedos.
De sexo.
De las cosas que habían cambiado.
De aquello que todavía deseaban.

Y cuando amaneció, Claudia hizo algo sencillo.
Encendió todas las luces del dormitorio.
Samuel la miró.
—¿Qué haces?
Ella se quitó la bata.
—Reconciliándome con la electricidad.
Samuel soltó una carcajada.
Claudia señaló su camiseta.
—Ahora tú.
—Ni hablar.
—Samuel.
—Mañana.
—No.
Él rio.
Se quitó la camiseta.
Quedaron frente a frente.
Dos cuerpos imperfectos.
Dos cuerpos reales.
Dos cuerpos que habían vivido.
Claudia se acercó.
Puso una mano sobre el abdomen que Samuel tanto odiaba.
Él intentó cubrirse.
Ella apartó su mano.

—No.
—Clau…
—Este cuerpo ha dormido conmigo trece años.
Lo miró a los ojos.
—Déjame decidir a mí si todavía me gusta.
Samuel sonrió.
—¿Y?
Claudia fingió examinarlo.
—Podría presentar una reclamación.
—Idiota.
Ella rio.
Después lo abrazó.
La luz quedó encendida
No ocurrió todo inmediatamente.
Samuel buscó orientación profesional por las dificultades que lo preocupaban.
Claudia tuvo que trabajar en la relación que había construido con su propio cuerpo.
Y ambos empezaron a hablar de algo que antes parecía prohibido:
cómo se sentían al ser vistos.
Porque existe una enorme diferencia entre estar desnudo y sentirse cómodo siendo visto
desnudo.
Poco a poco volvieron a encontrarse.
Algunas veces con luz.
Otras sin ella.
Pero ahora apagarla era una elección.

No un escondite.
Una noche, meses después
Claudia entró al dormitorio.
Samuel estaba cambiándose.
Al verla, intentó cubrirse por reflejo.
Ella levantó una ceja.
—Te vi.
—¿Qué?
—Te ibas a tapar.
—Costumbre.
Claudia caminó hacia la lámpara.
Samuel preguntó:
—¿Qué haces?
Ella encendió la luz.
—Así mejor.
Samuel la miró.
Reconoció inmediatamente las palabras.
Sonrió.
—Eres mala.
—Muchísimo.
Él se acercó.
—¿La dejamos encendida?
Claudia respondió:

—Hoy sí.
Y aquella vez ninguno sintió necesidad de esconderse.
AL DESNUDO
¿Cuántas veces hemos convertido el silencio de nuestra pareja en una sentencia contra
nuestro propio cuerpo?
“Ya no me busca porque engordé.”
“Ya no le gusto.”
“Estoy envejeciendo.”
“Seguro prefiere otros cuerpos.”
A veces puede existir una pérdida de atracción.
Negarlo tampoco sería honesto.
Pero otras veces la explicación está en un lugar completamente diferente.
Estrés.
Vergüenza.
Ansiedad.
Dolor.
Cambios físicos.
Problemas sexuales.
Dificultades emocionales.
O inseguridad con el propio cuerpo.
Por eso, antes de castigarte frente al espejo por una respuesta que nunca recibiste…
pregunta.
Y si eres tú quien se está escondiendo, intenta hablar.
No necesitas esperar hasta tener todas las respuestas.

Puedes empezar simplemente diciendo:
“Últimamente no me siento cómodo con mi cuerpo.”
“Tengo miedo de que ya no te guste.”
“Algo cambió sexualmente y me preocupa.”
“Necesito que hablemos.”
Y si existen dificultades sexuales persistentes, dolor u otros cambios físicos que preocupan,
una evaluación profesional puede ser importante.
Claudia pasó ocho meses intentando adelgazar para conseguir que Samuel volviera a
mirarla.
Samuel pasó los mismos ocho meses evitando que Claudia lo mirara a él.
Los dos creían que eran el problema.
Los dos tenían miedo de no ser suficientes.
Y los dos estaban equivocados sobre lo que el otro pensaba.
Porque algunas veces el cuerpo que tu pareja está rechazando…
no es el tuyo.
Es el suyo.
— Dalinda al Desnudo ��
Historias sobre aquello que muchos viven y pocos se atreven a decir.
PRÓXIMA HISTORIA
“Mi esposa me dijo el nombre de otro hombre mientras hacíamos el amor.”
Rodrigo se apartó de ella inmediatamente.
No gritó.
No preguntó quién era.
Solo tomó una almohada y salió del dormitorio.
A la mañana siguiente, Camila encontró sobre la mesa su anillo de matrimonio.

Y junto a él, una nota:
“Ahora entiendo por qué cerrabas los ojos.”
Pero Rodrigo todavía no sabía lo más importante:
el hombre cuyo nombre había escuchado llevaba muerto nueve años.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *