Andrea amaba a su esposo.
Eso era precisamente lo que hacía que se sintiera tan culpable.
No estaban separados.
No dormían en habitaciones diferentes.
No había una crisis evidente.
Mateo era cariñoso.
Buen compañero.
Todavía la hacía reír.
Todavía podían quedarse hablando hasta tarde.
Y todavía hacían el amor.
Pero desde hacía varios meses, algunas noches ocurría algo que Andrea jamás se habría
atrevido a confesar:
cerraba los ojos mientras Mateo la tocaba… y aparecía otro hombre.
No siempre.
No necesitaba hacerlo para disfrutar.
Pero aparecía.
Una voz.
Unas manos.
Una mirada.
Y últimamente…
un rostro.
Andrea nunca había besado a ese hombre.
Nunca se había acostado con él.
Ni siquiera sabía demasiado sobre su vida.
Se llamaba Bruno.
Y trabajaba dos pisos más arriba que ella.
Todo empezó en un ascensor
—¿Subes?
Andrea puso la mano para evitar que las puertas se cerraran.
—Gracias.
Bruno sonrió.
—De nada.
Eso fue todo.
Ni música romántica.
Ni electricidad recorriendo el cuerpo.
Ni una escena de película.
Un ascensor.
Dos desconocidos.
Once pisos.
Después comenzaron a coincidir.
—Buenos días.
—Buenos días.
Un día él hizo una broma.
Andrea se rio.
Otro día compartieron el ascensor solos.
Bruno olía bien.
Andrea lo notó.
Y se molestó consigo misma por haberlo notado.
La primera fantasía apareció sin permiso
Una noche estaba acostada con Mateo.
Él dormía.
Andrea no.
Pensó en el trabajo.
Después en el ascensor.
Después en Bruno.
Imaginó que las puertas se cerraban.
Que estaban solos.
Que él se acercaba.
Andrea abrió los ojos inmediatamente.
¿Qué demonios estoy haciendo?
Miró a Mateo.
Sintió culpa.
Se acercó y lo abrazó.
Como si aquel abrazo pudiera borrar un pensamiento.
Al día siguiente evitó el ascensor.
Subió once pisos por las escaleras.
Llegó a su oficina sin aire.
Su compañera preguntó:
—¿Qué te pasó?
—Estoy haciendo ejercicio.
Era mentira.
Estaba huyendo de un hombre que probablemente ni siquiera sabía que ella pensaba en él.
Pero la imaginación tiene una ventaja peligrosa
En la fantasía, nadie decepciona.
Bruno siempre sabía qué decir.
Siempre la miraba exactamente como ella quería.
Nunca estaba cansado.
Nunca dejaba ropa tirada.
Nunca olvidaba una fecha.
Nunca discutían por dinero.
Nunca había que decidir quién hacía las compras.
Porque Bruno no era una relación.
Era una fantasía.
Y las fantasías tienen el privilegio de no tener que sobrevivir a un martes cualquiera.
Mateo sí.
Mateo tenía defectos.
Roncaba algunas noches.
Podía pasar media hora buscando algo que estaba frente a sus ojos.
A veces respondía “ya voy” y aparecía veinte minutos después.
Andrea conocía todas sus versiones.
De Bruno conocía un perfume, una sonrisa y algunas conversaciones.
Y aun así, su imaginación había completado todo lo demás.
Después ocurrió algo que la asustó
Una tarde Bruno entró a su oficina.
—¿Andrea?
Ella levantó la cabeza.
—Sí.
—Necesito hablar con alguien de tu área. Me dijeron que tú puedes ayudarme.
Trabajaron juntos durante cuarenta minutos.
Bruno se sentó a su lado.
Demasiado cerca.
O quizá Andrea lo sentía así.
Hablaron del proyecto.
Después de música.
Después de viajes.
Él preguntó:
—¿Estás casada?
Andrea miró su anillo.
—Sí.
—¿Hace mucho?
—Doce años.
—Guau.
—¿Eso es mucho?
Bruno sonrió.
—Para mí, sí.
—¿Y tú?
—Divorciado.
Andrea no preguntó más.
Pero quiso hacerlo.
Y aquello fue lo que realmente la preocupó.
Quiso saber.
Esa noche apareció otra vez
Mateo la besó.
Andrea respondió.
Él acarició su espalda.
Y por unos segundos apareció Bruno.
Andrea abrió los ojos.
Mateo se detuvo.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Te fuiste.
—¿Cómo?
—Estabas aquí, pero te fuiste.
Andrea sintió que le ardían las mejillas.
—Estoy cansada.
Mateo la observó.
—¿Segura?
—Sí.
Él la besó en la frente.
—Dormimos entonces.
Andrea se giró.
Y sintió ganas de llorar.
Porque Mateo acababa de tratarla con ternura mientras ella pensaba en otro hombre.
“Soy una mala esposa”
Eso escribió en el buscador del teléfono.
Lo borró.
Después escribió:
“Fantasear con otra persona estando casada.”
Leyó durante casi una hora.
Encontró algo que la tranquilizó:
tener fantasías sexuales no equivale automáticamente a querer realizarlas.
Y algo que la incomodó:
la pregunta importante era qué significado tenían para ella y qué estaba haciendo con
ellas.
Andrea cerró el teléfono.
Porque hasta entonces podía decir:
Solo está en mi cabeza.
Pero empezaba a esperar encontrar a Bruno.
Elegía el ascensor otra vez.
Se arreglaba un poco más los días en que sabía que habría una reunión con su
departamento.
Todavía no había hecho nada.
Pero ya no podía fingir que todo era completamente accidental.
Mateo lo notó
—Últimamente estás diferente.
Andrea dejó la taza.
—¿Diferente cómo?
—No sé.
—Entonces no estoy diferente.
Mateo sonrió.
—Esa respuesta confirma que estás diferente.
Ella rio.
—Tonto.
Él la miró.
—Estás más bonita.
Andrea sintió culpa inmediatamente.
—Siempre he sido bonita.
—Eso también es cierto.
Mateo se acercó y la besó.
Andrea cerró los ojos.
Esta vez no apareció Bruno.
Solo Mateo.
Y le gustó.
Mucho.
Aquello la confundió todavía más.
Entonces comprendió algo
Su fantasía no había aparecido porque Mateo hubiera dejado de atraerla.
No necesitaba que su matrimonio estuviera destruido para encontrar atractivo a otro
hombre.
Durante años había pensado el deseo como una puerta:
si estaba abierta para su esposo, tenía que estar cerrada para todos los demás.
Pero su mente no funcionaba así.
Podía amar a Mateo.
Desear a Mateo.
Y aun así sentir curiosidad por otra persona.
La cuestión no era negar lo que sentía.
La cuestión era:
¿qué iba a hacer con eso?
Bruno dio el primer paso
Fue después de una reunión.
—¿Quieres tomar un café?
Andrea miró la hora.
—Tengo que volver.
—Quince minutos.
—Otro día.
Bruno sonrió.
—Siempre dices otro día.
Andrea se quedó quieta.
—¿Siempre?
—Andrea…
La manera en que pronunció su nombre hizo que entendiera.
No estaba imaginándolo todo.
Había algo también del otro lado.
—Estoy casada.
—Lo sé.
—Entonces…
—Te estoy invitando a tomar café.
Andrea lo miró.
—Los dos sabemos que no es solamente café.
Bruno dejó de sonreír.
No lo negó.
Andrea se fue
Caminó hasta el estacionamiento con el corazón acelerado.
Debería haberse sentido orgullosa.
Había puesto un límite.
Pero parte de ella estaba decepcionada.
Y admitir eso fue mucho más difícil que rechazar el café.
Porque una cosa era ser fiel cuando nadie más la deseaba.
Otra era serlo cuando alguien que aparecía en sus fantasías acababa de decirle, sin decirlo,
que podía convertirlas en realidad.
Esa noche hizo el amor con Mateo
Y Bruno no apareció.
Andrea estaba completamente presente.
Después permanecieron abrazados.
Mateo acariciaba distraídamente su brazo.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella.
—Claro.
—¿Alguna vez has fantaseado con otra mujer?
La mano de Mateo se detuvo.
—¿Esto es una trampa?
Andrea rio.
—No.
—Entonces sí.
La respuesta le dolió.
Aunque ella acababa de pasar meses haciendo exactamente lo mismo.
—¿Con alguien que conozco?
—Andrea…
—Olvídalo.
Mateo se incorporó.
—¿Por qué preguntas?
Ella pensó en Bruno.
No estaba preparada para contárselo.
—Curiosidad.
Mateo volvió a acostarse.
—¿Tú?
Andrea tardó.
—Sí.
Silencio.
Mateo la miró.
—¿Y eso significa que ya no me quieres?
—No.
—Entonces supongo que mi respuesta tampoco significa eso.
Andrea sonrió.
Qué fácil parecía cuando se decía así.
Pero la historia no terminó allí
Dos semanas después Andrea recibió un mensaje.
Bruno.
Nunca habían hablado por teléfono fuera del trabajo.
“Estoy en el café de la esquina. Si algún día quieres hablar sin ascensores de por
medio, estaré aquí hasta las seis.”
Andrea miró el reloj.
5:21.
Podía ignorarlo.
Bloquearlo.
Irse a casa.
En cambio tomó su cartera.
Bajó.
Caminó hacia la cafetería.
Y durante todo el trayecto se repitió:
Solo voy a hablar.
Bruno estaba sentado al fondo.
Cuando la vio entrar sonrió.
—Pensé que nunca ibas a venir.
Andrea sintió que la fantasía y la realidad acababan de encontrarse.
Se sentó.
El hombre imaginario desapareció en veinte minutos
Bruno era encantador.
Pero también era real.
Miraba demasiado el teléfono.
Interrumpió a Andrea dos veces.
Habló bastante de sí mismo.
Hizo un comentario sobre su exesposa que a Andrea no le gustó.
Y entonces ocurrió algo casi cómico.
Andrea empezó a comparar.
No a Bruno con Mateo.
Al Bruno real con el Bruno que ella había inventado.
Y perdió por goleada.
La fantasía había construido un hombre perfecto utilizando apenas cinco datos reales.
El hombre frente a ella no tenía ninguna obligación de parecerse a esa creación.
—¿Por qué viniste?
Preguntó Bruno.
Andrea pensó antes de responder.
—Quería saber algo.
—¿Qué?
—Si realmente me gustabas tú.
Él sonrió.
—¿Y?
Andrea también sonrió.
—Creo que me gustaba mucho más la versión que había inventado.
Bruno se quedó serio.
—Eso fue cruel.
—Perdón.
—Pero honesto.
Ella asintió.
Bruno se inclinó ligeramente.
—¿Y si te beso?
Ahí estaba.
La fantasía.
Ya no en su cabeza.
A cincuenta centímetros.
Andrea sintió deseo.
No iba a mentirse.
Quería saber cómo sería.
Y precisamente porque lo quería, la decisión importaba.
—No.
Bruno se quedó quieto.
—¿Por tu esposo?
Andrea pensó.
—También.
—¿También?
—Pero sobre todo por mí.
Él frunció el ceño.
—No entiendo.
—No quiero despertarme mañana teniendo que convertirme en una persona que oculta
cosas para sostener una decisión que tomé hoy.
Bruno asintió.
Andrea tomó su cartera.
—Gracias por el café.
—Andrea.
Ella se giró.
—¿Qué?
—Si estuvieras soltera…
Andrea sonrió.
—Pero no lo estoy.
Y salió.
En el automóvil lloró
No sabía exactamente por qué.
No había pasado nada.
Y había pasado muchísimo.
Lloró porque una parte de ella había querido besarlo.
Porque descubrir que podía desear a otro hombre la había obligado a abandonar una idea
infantil sobre sí misma.
Ella no era fiel porque jamás pudiera sentir tentación.
Era fiel porque podía sentirla…
y aun así decidir.
Pero también comprendió que no quería regresar a casa y fingir que aquellos meses no
significaban nada.
Bruno quizá no era el problema.
La mujer que Andrea había sido cuando fantaseaba con él estaba tratando de decirle
algo.
¿Qué representaba Bruno?
Novedad.
Misterio.
Ser mirada sin historia.
Sentirse deseada por alguien que no conocía sus inseguridades.
Volver a sentirse impredecible.
Andrea no quería necesariamente a Bruno.
Quería algunas de las emociones que había colocado sobre él.
Y quizá podía empezar a preguntarse por qué las extrañaba.
No para convertir a Mateo en Bruno.
Sino para recuperar partes de ella que la rutina había dejado dormidas.
Llegó a casa
Mateo estaba preparando la cena.
—Llegaste tarde.
—Sí.
—¿Todo bien?
Andrea dejó la cartera.
Lo miró.
Podía decir:
Tráfico.
Podía cerrar la historia allí.
En cambio respondió:
—Necesito contarte algo incómodo.
Mateo apagó la cocina.
—Eso nunca empieza bien.
Andrea sonrió nerviosamente.
—Probablemente no.
Se sentaron.
Y Andrea le habló de Bruno.
No le contó cada fantasía.
No necesitaba descargar sobre Mateo cada imagen que había pasado por su cabeza.
Pero sí le contó que había sentido atracción.
Que había aceptado ir al café.
Que Bruno había intentado acercarse.
Y que ella había dicho que no.
Mateo no reaccionó como Andrea esperaba.
No gritó.
Pero tampoco dijo:
No pasa nada.
Porque sí pasaba.
Le dolió.
—¿Por qué fuiste?
Esa fue la pregunta más difícil.
Andrea respondió:
—Porque una parte de mí quería saber qué iba a sentir.
Mateo apartó la mirada.
—Eso duele.
—Lo sé.
—¿Lo habrías besado si no estuvieras casada conmigo?
Andrea respiró.
—Probablemente.
Mateo cerró los ojos.
—Gracias por la sinceridad. Creo.
Después vino la pregunta que importaba
—¿Quieres estar con él?
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
Mateo la miró.
—Entonces, ¿qué estabas buscando?
Andrea comenzó a llorar.
—Creo que estaba buscando una versión de mí.
Mateo no entendió.
—Con él no era la esposa de nadie. Ni la mujer que tiene todo organizado. Ni la que sabe
qué vamos a cenar mañana. Era simplemente una mujer que podía gustarle a alguien.
Mateo guardó silencio.
Después dijo:
—Hace mucho que yo tampoco te hago sentir así, ¿verdad?
Andrea levantó los ojos.
—No es solamente responsabilidad tuya.
—No pregunté eso.
Ella negó lentamente.
—No. Hace tiempo que no.
Aquella conversación dolió
Muchísimo.
Pero abrió una puerta.
Hablaron de deseo.
De monotonía.
De la manera en que se habían acostumbrado.
Mateo confesó fantasías que nunca había mencionado.
Andrea descubrió que escuchar algunas le provocaba celos.
Él sintió lo mismo.
Y tuvieron que aprender algo:
aceptar que la pareja tiene imaginación no significa que tengamos que conocer cada
detalle de ella.
Cada relación necesita encontrar sus propios límites.
También hablaron de algo más importante.
¿Qué necesitaban para volver a sentirse hombre y mujer dentro de una relación que los
había convertido principalmente en socios de vida?
No buscaron recrear sus primeros años.
Empezaron a crear cosas nuevas.
Meses después
Andrea volvió a coincidir con Bruno en el ascensor.
—Hola.
—Hola.
Las puertas se cerraron.
Once pisos.
Bruno sonrió.
—¿Todavía piensas que mi versión imaginaria era mejor?
Andrea rio.
—Definitivamente.
—Eso sigue siendo ofensivo.
—Sobrevivirás.
Las puertas se abrieron.
Andrea salió.
—Cuídate, Bruno.
—Tú también.
No sintió nada extraordinario.
Ni culpa.
Ni necesidad de correr.
Ni la electricidad de antes.
Y entonces comprendió algo.
Las fantasías pueden ser intensas precisamente porque no tienen consecuencias,
responsabilidades ni mañanas siguientes.
La realidad sí.
Y por eso elegir la realidad no siempre significa que sea más excitante a cada segundo.
Significa que conocemos su peso…
y aun así decidimos construir dentro de ella.
AL DESNUDO
Sí.
Puedes amar a tu pareja y alguna vez sentir atracción por otra persona.
Puedes incluso fantasear.
También puede ocurrirle a tu pareja.
Reconocerlo puede incomodar porque destruye una fantasía romántica muy extendida:
“Si realmente me ama, jamás mirará ni imaginará a nadie más.”
Pero la fidelidad no necesita que neguemos la existencia de nuestra imaginación.
Necesita decisiones y acuerdos.
Una fantasía no es automáticamente una intención.
Una atracción no es automáticamente una traición.
Pero tampoco deberíamos utilizar esas verdades para justificar cualquier conducta.
Existe una diferencia entre sentir algo…
alimentarlo deliberadamente…
buscar oportunidades…
ocultarlas…
y actuar.
Dónde está exactamente el límite dependerá de los acuerdos de cada relación.
Por eso hay conversaciones que vale la pena tener antes de que aparezca una tercera
persona.
¿Qué consideramos infidelidad?
¿Qué límites tenemos con otras personas?
¿Qué podemos contarnos sin lastimarnos innecesariamente?
¿Qué estamos extrañando dentro de nuestra relación?
Andrea creyó durante meses que deseaba a Bruno.
Cuando finalmente lo tuvo enfrente descubrió que había utilizado su rostro para vestir una
fantasía mucho más profunda.
Extrañaba sentirse nueva.
Misteriosa.
Mirada.
Deseada.
Y eso le dejó una pregunta que quizá también valga para ti:
Cuando fantaseas con otra persona… realmente deseas a esa persona, o deseas cómo
imaginas que te sentirías siendo tú a su lado?
No siempre son la misma cosa.
Y algunas fantasías no vienen a decirte:
“Cambia de pareja.”
A veces vienen a preguntarte:
“¿Qué parte de ti dejaste de vivir?”
— Dalinda al Desnudo ��
Historias sobre aquello que muchos viven y pocos se atreven a decir.
PRÓXIMA HISTORIA
“Mi marido dejó de tocarme después de verme desnuda con la luz encendida.”
Durante ocho meses, Claudia estuvo convencida de que él había dejado de desear su
cuerpo.
Hasta que una madrugada lo encontró llorando solo en el baño.
Lo que escuchó detrás de aquella puerta cambió por completo la pregunta.
El problema nunca había sido el cuerpo de Claudia.
Era el de él.
